Día de lluvia

Día de lluvia

Claudia. Mediados de diciembre…

Odiaba la lluvia. La detestaba profundamente. Odiaba que el agua se me colara en los zapatos y tener que caminar con los pies mojados, odiaba que el suelo resbalara y tuviera que andar con mil ojos, y también odiaba que de golpe los días de lluvia la multitud parecía multiplicarse por dos, haciendo todo más agobiante de una manera extraña.

Y no hablemos de la humedad, era evidente que había perdido completamente el tiempo alisándome el pelo aquella mañana, y poco se podía hacer ya. En realidad, odiaba tanto la lluvia que normalmente incluso evitaba salir cuando llovía. Si tenía que trabajar, pedía trabajar desde casa. Si había quedado, lo cancelaba. Si tenía una cita, la aplazaba. Pero no había podido mover esta comida, no había podido escaquearme de ninguna manera. Así que allí estaba, de pie bajo un paraguas en la acera de enfrente a un restaurante al que no quería entrar. Porque odiaba la lluvia y, aun así, la prefería a enfrentarme a aquella comida.

Un trueno sonó con fuerza, haciéndome estremecer, y cerré los ojos para tomar aire. Estaba a punto de moverme, decidida a entrar al restaurante para que todo acabara cuanto antes, cuando un golpe me descolocó por completo.

De repente, un chico estaba frente a mí, con su mano sobre la mía para alzar el paraguas y resguardarse de la lluvia y su otra mano sobre mi hombro para sujetarme con firmeza cuando los zapatos, con tacón alto y fino al que no estaba muy acostumbrada, me hicieron tambalearme por la sorpresa.

—Hola —me sonrió como si nada.

El pelo mojado le caía por la cara, haciéndole parecer muy joven. Y era alto, casi unos veinte centímetros más que yo incluso con tacones. Mi mirada se desvió sin poder evitarlo al dibujo de la silueta de Cloud portando su espada que destacaba en su sudadera negra, antes de volver a su rostro.

—Hola —susurré incrédula y algo descolocada—. ¿Puedo ayudarte en algo?

Soltó una carcajada resuelta que casi opacó todo sonido de tormenta.

—Siempre he admirado muchísimo esa capacidad de ser profundamente borde y educado a la vez, enhorabuena, tú lo haces genial —habló divertido negando con la cabeza, luego inspiró de manera exagerada y se puso recto—. ¿Sería posible, muy gentil dama, que compartiera su paraguas conmigo en esta mañana de lluvia?

Fruncí el ceño, sin terminar de creer que hubiera hecho esa pregunta en serio y a la vez burlándose de mí, y luego contesté con sequedad:

—Tengo prisa.

—¿En serio? Porque llevas aquí de pie más de diez minutos, rubia.

Ignoré su cara incrédula y lancé una mirada a su mano sobre mi hombro antes de mirarle a él con un gesto hostil que, lejos de amedrentarlo, le hizo volver a reír mientras quitaba la mano levantado dedo a dedo con lentitud.

—Bueno —murmuré cuando simplemente se quedó allí—. Quizá es tu momento de continuar con tu viaje, a donde sea que vayas.

—¿Con esta lluvia? ¿Estás loca? Mejor me quedo aquí.

—¡No puedes quedarte aquí! —salté de pronto, perdiendo los nervios.

—Oh, ¿te estoy molestando? —preguntó inocente.

—Tu eres consciente de que no nos conocemos de nada, ¿no? Y que no puedes… —hice un gesto señalándonos sin poder creer nada de lo que estaba pasando.

—Daniel, encantado, aunque puedes llamarme Dani —murmuró quitando, por fin, su mano de encima de la mía sobre la empuñadora del paraguas para ofrecérmela.

Le miré completamente alucinada por lo absurdo de toda la situación. La vibración de mi móvil en el pequeño bolso que llevaba me hizo despertar, había estado tan sorprendida por todo el incidente que casi había olvidado que ya llegaba tarde a comer. Sin embargo, cuando conseguí alcanzar mi teléfono la llamada ya se había cortado. Suspiré.

—Bueno, diría que ha sido un placer, pero como no tenemos ningún tipo de relación no tengo por qué mentirte para no hacerte sentir mal y así no sentirme yo mal —sonreí falsamente a mi acompañante—. Ahora tengo que irme, he quedado para comer.

—¿Sueles mentir para complacer a tus conocidos? Eso no está bien, rubia… —habló andado a mi lado hasta el borde de la calle—. Al final a la única que perjudicas es a ti.

—¿Vas a seguirme, en serio?

—Solo hasta debajo del portal, he pillado la indirecta, no te preocupes —habló con cierta seriedad por primera vez.

—¡Vaya! Y yo que pensaba que había sido bastante clara, prometo mejorar —contesté irónica cruzando la calle al ver que no venía ningún coche e ignorándole a mi lado.

—Es un buen restaurante, ¿sabes? —dijo cuando nos detuvimos.

Me giré para mirarlo bien por primera vez. Vestía unos vaqueros oscuros, junto con la sudadera y unas zapatillas, en un estilo desenfadado que parecía ir a la perfección con todo lo que había visto de él hasta el momento. No era atractivo, sus rasgos demasiado dulces para serlo, pero sí guapo, con el pelo despeinado y los ojos claros.

—Por mucho que no te apetezca ir a esta comida, al menos comerás bien —dijo ante mi silencio.

—Demasiado elegante para mí… —susurré mirando la enorme puerta de cristal oscuro tras cerrar el paraguas.

—Pues yo diría que te pega bastante.

Le miré con una sonrisa triste, sabiendo lo que él estaba viendo. Sin duda, mi vestido negro de firma y mis zapatos altos de salón eran el atuendo perfecto para una comida allí, por eso me los había puesto, acompañados de uno de los bolsos que me había regalado mi madre y de un gran abrigo de lana gris clarito. Sin embargo, yo habría dado cualquier cosa por poder estar en casa en pijama o, al menos, haber podido ir en vaqueros.

—Ya… —dije sin saber muy bien qué decir.

La lluvia seguía cayendo con fuerza a nuestro alrededor y un nuevo relámpago iluminó el cielo antes de que un trueno me hiciera estremecer. Él ya se había girado y alejado unos pasos, resguardado bajo el soportal del edificio y mirando la calle como si aún esperara que dejara de llover.

—Lo siento —murmuré sorprendiéndolo—. Si he sido un poco borde. Odio la lluvia y no me apetece nada esta comida.

Mis palabras le hicieron sonreír.

—Creía que, ya que no nos conocemos, no tenías por qué sentirte mal.

—Tienes razón —solté avergonzada y algo indignada por el matiz de burla que detecté en su voz.

Me giré para entrar de una vez al restaurante queriendo olvidar cuanto antes todo esto y, si era posible, que aquella comida acabara pronto. Sin embargo, cuando mi mano estaba a punto de empujar la puerta, una idea me asaltó de golpe y me giré de nuevo.

—¿Cuántos años tienes?

—¿Cómo dices? —preguntó divertido.

—¿Veinticinco…? ¿Veintiséis?

Una gran carcajada escapó de entre sus labios.

—Halagador —respondió—. Tengo treinta y dos.

—¿En serio? —pregunté sorprendida.

—En serio.

—Bueno, mejor —solté sin pensar haciéndole reír de nuevo—. Y no tienes nada que hacer, ¿verdad?

—¿Qué pretendes?

—Tenía que venir a esta comida con mi novio, pero… ¡ya no hay novio! —solté con una risa nerviosa sabiendo que lo que estaba haciendo era una locura, pero él se había metido bajo mi paraguas primero.

—¿Le has matado?

Lo preguntó tan serio que no pude evitar reírme.

—¡Claro que no! —contesté sonriendo por su ocurrencia—. ¿Tengo pinta de matar gente?

—Soy de los que creen que todo el mundo es capaz de matar en las circunstancias adecuadas —dijo como si nada—. Hay quien necesitaría de un apocalipsis zombi en el que no matar a una persona significaría dejar que te sorbiera el cerebro como un daiquiri, y quien solo necesita un maletín de dinero.

—¿Y de cuales crees que soy yo? —pregunte divertida a la par que curiosa.

—Pues al principio habría dicho que de las del maletín, pero ahora tiene pinta de que te molan los zombis.

—Tú tienes pinta de ser capaz de ser los dos… Según en que punto de tu camino de redención estés en este mundo postapocalíptico ficticio que hemos creado —murmuré siguiéndole la corriente.

—Me gusta como piensas… ¿Así que el novio sigue por ahí?

—Ex… Y sí, siento decepcionarte.

Sentí el móvil vibrar de nuevo en mi bolso y suspiré.

—Te ofrezco comida gratis y un sitio donde resguardarte hasta que pase la lluvia —le propuse con rapidez—, solo necesito que finjas por, esperemos menos de dos horas, que te gusto al menos un poco.

Me miró fijamente un momento, como si me estuviera analizando, y justo cuando estaba a punto de echarme atrás, reírme y fingir que todo esto no era más que una broma, contestó.

—Hecho —respondió—, no parece tan difícil en realidad.

No pude evitar envidiar su calma y aunque traté de dejarme contagiar por su sonrisa, la mía fue un poco temblorosa mientras cruzaba la puerta que él mismo me había abierto.

—Me llamo Claudia —susurré entrelazando mi brazo con el suyo al entrar y diciéndole lo primero que se me ocurrió—. Tengo 28, mi cumpleaños es el doce de septiembre…

— El mío el cinco de junio —susurró divertido.

—Genial —respondí rápidamente esperando recordarlo—. Trabajo en el sector de los videojuegos…

—¿Videojuegos? ¿En serio? —me interrumpió mirándome de nuevo de arriba abajo.

—Sí, y se supone que llevamos juntos un par de años. Todo lo demás puedes echarle imaginación, tampoco se va a dar cuenta.

—Vaaale… ¿con quién vamos a comer?

—Mi padre —contesté y la forma en la que la sonrisa se evaporó de su rostro casi me hizo sentirme tentada de reírme—. Y él es de los que mataría solo por un maletín —le susurré antes de girarme hacia la mesa—. ¡Papá! Hola.

—Llegas tarde, Claudia —dijo poniéndose en pie.

—Ya…

—Señor, soy Daniel —me interrumpió antes de que pudiera decir una excusa ofreciéndole la mano a mi padre en un tono tan formal que me sorprendió—. Encantado de conocerle al fin.

—Gabriel —contestó estrechando su mano con firmeza.

Y no me perdí la forma en la que le observó de arriba abajo apretando los labios con fuerza al ver su ropa informal. Rodeé la mesa rápidamente y le di dos besos rápidos atrayendo toda su atención antes de tomar mi asiento frente a él con Daniel a mi lado.

—No sé por qué pensaba que te llamabas David… —murmuró mi padre mientras se sentaba.

—Te habrás confundido —rebatí como si nada cogiendo la carta.

—Sí… —murmuró Daniel a mi lado—. Y lamento la tardanza, ha sido culpa mía, he tenido un problema de trabajo.

—No tienes por qué cubrirla —se rio mi padre haciendo un gesto con la mano—. Sé perfectamente como es con el tema de la lluvia.

—Te dije que moviéramos la comida —murmuré sin levantar la vista de la carta.

Me apetecía una hamburguesa, una de verdad, no la minihamburguesa de Kobe, rúcula y parmesano que ofrecían como plato principal. No sé por qué me molestaba en mirar, si al final acababa pidiendo el tartar de atún.

—No puedes simplemente cancelarlo todo porque llueva, Claudia —me amonestó con una pequeña sonrisa que me pareció desdeñosa—. Que ya tienes una edad.

—¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté cerrando la carta y dejándola sobre la mesa.

—Claro, ¿cómo va el trabajo? —preguntó haciendo un gesto al camarero para que viniera antes de mirar a Daniel y su sudadera—. ¿Le haces llevar ropa de tus juegos?

Miré de nuevo el dibujo de la sudadera de Daniel, quien parecía bastante tranquilo a pesar de todo, y casi estuve a punto de echarme a reír. Sin embargo, no tuve tiempo de decir nada antes de que la camarera se acercara, y cuando escuché a mi padre pedir una botella de vino sin consultar rodé los ojos.

—Traiga también agua, por favor —intervine.

—Y una cerveza para mí —pidió Daniel sin dejarse intimidar. Y esperó a que se fuera la camarera para mirar a mi padre—. Me gusta esta sudadera.

—Es un gran alago que creas que yo he hecho el Final Fantasy, papá, pero no —intervine divertida antes de que mi padre pudiera contestar—. El trabajo bien, ¿qué tal va la bolsa?

—Ya sabes, como siempre, con subidas y bajadas —desestimó con un gesto antes de mirar a Daniel—. ¿Tú a qué te dedicabas?

—Desarrollo de software e ingeniería de datos —contestó.

—Oh, trabajas con Claudia…

—En realidad, no, trabajo en mi propia start up —explicó justo cuando la camarera se acercaba para servir las bebidas y esperó hasta que se fue antes de continuar—. La fundé junto con un par de amigos unos años después de terminar la carrera y la verdad es que no nos ha ido nada mal. Proporcionamos servicios de BI a medianas y pequeñas empresas, aunque ahora estamos ampliando servicios, hemos tenido una buena ronda de inversión y queremos diversificar un poco.

—No suena mal… —murmuró mi padre bebiendo de su copa de vino—. Tus padres debieron hacer una gran inversión inicial.

Rodé los ojos de nuevo sin poder evitarlo, a la vez que escuchaba la risa de Daniel a mi lado.

—Bueno, invirtieron lo que pudieron —sonrió dando un gran trago a su cerveza—. Mi padre es panadero y mi madre ama de casa, así que tampoco podían aportar mucho, demasiado hicieron…

—¿Panadero? —murmuró mi padre con cierta incredulidad y, para que mentir, desdén.

—¡Oh, sí! —intervine con rapidez y una enorme sonrisa—. Me hizo un pan de semillas maravilloso la última vez que fuimos a verlos. Es una pasada.

—¿Y dónde viven?

—Pues…

—En Mérida —intervino Daniel.

Le miré, porque no tenía acento extremeño ni mucho menos, y las dimensiones de su sonrisa me hicieron dudar, porque todo parecía muy real y a la vez, tenía la intuición de que se lo estaba inventando.

—Uhm —se encogió mi padre de hombros—. No suelo ir mucho a Extremadura, pero dicen que es bonita, muy… rural.

—Tenemos un embutido casero fantástico —comentó Daniel ignorando por completo el tonillo en la voz de mi padre y haciéndome reír.

La camarera eligió ese momento para acercarse a tomarnos nota y mientras mi padre enumeraba entrantes y preguntaba sobre los principales, me incliné hacia él para susurrar en su oído.

—Pide lo más caro que veas, te hará sentir mejor —le sonreí.

Iba a alejarme de nuevo cuando sujetó mi mano, que había puesto sin darme cuenta sobre su pierna y se inclinó él hacia mí con una sonrisa pícara.

—Estoy pensando que deberemos esconder los cuchillos cuando presentemos a nuestros padres o es posible que mi madre acabe apuñalando a tu padre —bromeó.

—Pues espera a conocer a mi madre… —susurré de vuelta girándome justo para encontrar su mirada.

De pronto, estábamos demasiado cerca, no solo a nivel físico, y fue extraño, porque la forma en la que miró consiguió que un nudo de nervios se asentara en mi garganta. Sobre todo, cuando una sonrisa se lenta se dibujó en sus labios al notar el leve rubor en mis mejillas.

Me aparté con rapidez, tomando por primera vez un sorbo de mi copa de vino antes de sonreír a mi padre, que estaba contando algunas cosas sobre los cambios en la carta del restaurante en esta última temporada a las que no presté mucha atención aún confundida por lo que acababa de pasar. No fue hasta que llegaron los entrantes que la verdadera razón de aquella comida salió a relucir.

—Tienes que hablar con tu madre —murmuró mi padre haciendo algún tipo de atrocidad a un nigiri con su cuchillo y tenedor.

—¿Con mamá?

—Sí, para que deje libre la casa en Tenerife este verano —habló todavía sin mirarme.

—¿No tenéis un consejero matrimonial para tratar estas cosas?

—Lo he despedido.

Suspiré sin poder evitarlo, el consejero había sido un gran avance y, sobre todo, un gran amortiguador entre mis padres y entre mis padres y yo.

—¿Puedo preguntar por qué…? —hablé empezando a sentirme muy cansada aun cuando ni siquiera me había contado todavía el problema real.

—Dijo que deberíamos divorciarnos.

—Ya… ¿y no creéis que deberíais escuchar su consejo profesional? —pregunté con cierto aburrimiento.

Quizá no fuera lo más habitual, pero había deseado que mis padres se divorciaran durante casi toda mi infancia, esperando que así dejaran de pelear y de involucrarme a mí en esas peleas, hasta que la madurez me había hecho darme cuenta de que un divorcio no solucionaría nada. Seguramente seguirían teniendo aquellas peleas igualmente, sumando además nuevos maridos y mujeres que harían todo más complicado.

Mi padre, sin embargo, desestimó el tema con solo un gesto de su mano.

—Eso no es lo importante, lo importante es que necesito la casa de Tenerife.

—¿Para qué? —pregunté, sabiendo que seguramente ahí estaría la razón por la que se negaba mi madre.

—Martina quiere que formalicemos nuestra unión y quiere hacerlo allí.

Levanté la mirada solo para verle cortar otro nigiri por la mitad, ¿dónde había un buen samurái cuando se le necesitaba? Y suspiré. No sé por qué aún me sorprendía, pero lo cierto es que todavía lograban desconcertarme con su capacidad para… Ni siquiera sabía describirlo.

—Sabes que la poligamia no es legal en España, ¿verdad? —pregunté sintiéndome agotada.

—¡No digas tonterías, Claudia! Por favor.

—Solo preguntaba…

Miré de reojo a Daniel, recordando que seguía allí escuchando toda la conversación, aunque él parecía más pendiente de su propia comida.

—Es algo simbólico —se explicó mi padre con cierta apatía—. Martina quería un anillo y yo se lo he comprado, no es una cuestión de matrimonio.

—Si tú lo dices…

—Quiere hacer una gran fiesta y dice que ya está cansada de hacerlas en la casa de Menorca.

—Claro… pobre… —murmuré con ironía.

—No seas así, Claudia —me amonestó mirándome por primera vez—. Martina es encantadora, y lo sabrías si te dieras la oportunidad de conocerla.

—La conozco, papá —murmuré con abatimiento—. Fuimos juntas al instituto, ¿recuerdas?

Escuché a Daniel atragantarse a mi lado, recordándome una vez más que estaba allí. ¿Por qué había llegado a pensar que la presencia de una tercera persona haría que alguno de mis padres se comportara de un modo normal?

—Hablaré con mamá, ¿vale? —zanjé el tema—. Veré que puedo hacer.

—Bien, bien —murmuró con una sonrisa por primera vez en toda la comida—. También estaría bien que vinieras a la fiesta si…

—No —le interrumpí sin pensar, antes de recapacitar—. Quiero decir… sabes que suelo tener mucho trabajo por esas fechas, no creo que pueda.

—Bueno, ya lo hablaremos —dijo antes de girarse hacia Daniel—. ¿Has mencionado que acabáis de tener una ronda de inversión?

Y así, pareció olvidarse por completo de mí, empezando a hablar de inversores, tipos de financiación y asuntos empresariales que, sinceramente, nunca me interesaron lo suficiente como para intentar siquiera entenderlos.

—Te has arrepentido de haberte metido bajo mi paraguas, eh —murmuré cuando volvimos a quedar solos bajo el soportal del restaurante.

—Digamos que ha sido interesante.

Alcé la mano para despedirme con un gesto de mi padre antes de que se montara en el taxi y miré a mi alrededor. Seguía lloviendo, aunque la lluvia ahora parecía haberse transformado en una fina llovizna. Miré al cielo con un suspiro, sabiendo que aquello podía transformarse en cualquier momento en una tormenta.

—Nos ha dado dinero para el taxi —le dije sacando el billete de doscientos que me había dado—. Quizá se piensa que vamos a ir hasta Mérida.

—En realidad, mis padres viven en Getafe, pero ayer leí una cosa sobre un ciclo de teatro clásico y… —se encogió de hombros—. Me pareció bonito.

Me reí sin poder evitarlo, negando con la cabeza.

—¿Has empezado nuestra relación ficticia con mentiras? —pregunté fingiendo indignación.

—¿Me lo está echando en cara la persona que la ha iniciado con una encerrona?

—Ya… Creo que no hay disculpa para eso…

—¿Y si te invito a un café y hablamos de lo que ha pasado?

Le miré sorprendida, quizá porque había esperado que saliera huyendo en cuanto tuviera la oportunidad. Sin embargo, no lo había hecho, y lo poco que había hablado con él había sido divertido, ¿no? ¿Por qué no alargarlo un poco más? Quizá el cielo se mantuviera y ya no habría más tormentas.

—Me vas a juzgar, pero… ¿y si vamos a por una hamburguesa? —pregunté un poco avergonzada—. Tengo hambre y…. —alcé el billete—. Invita mi padre.

—Acabas de ganar muchos puntos, rubia.

—¿Tantos como para que olvides el último comentario de mi padre sobre tu ropa?

—No habías perdido puntos por eso —me sonrió tomando mi paraguas para abrirlo sobre nosotros—. ¿Vamos?

No dudé en acercarme para cubrirme de la lluvia y empezar a caminar a su lado, pensando para mí que él sí que había ganado muchos puntos por cómo había manejado aquella comida, sin dejarse intimidar por mi padre en ningún momento.

—¿Es tu padre, al menos, panadero? —pregunté—. Esa parte me gustaba.

—¿En serio? —preguntó mirándome como fascinado—. Pues estás de suerte, porque eso era verdad.

—¡Oh! —le miré emocionada—. ¿Sería muy raro si te dijera que me encanta el pan de una manera un tanto excesiva?

—No creo que sea lo más raro que ha pasado hoy.

Le miré divertida, porque, otra cosa no, pero aquel día estaba prometiendo ser uno de los más extraños de mi vida y, para mi sorpresa, no del todo en un mal sentido.

—¿Sueles hacer mucho eso? —preguntó Daniel tiempo después cuando ya estábamos sentados en la mesa de una cadena de hamburguesas.

—¿Meter las patatas dentro de la hamburguesa…? —pregunte confundida antes de pegarle un gran bocado.

Gemí feliz, llevaba semanas con un antojo horrible de hamburguesa, y no la había pedido a casa porque este año me había propuesto tratar de comer mejor, como un adulto y esas cosas. Pero hoy ya estaba fuera, así que no contaba, además de que me lo merecía. La risa de Daniel frente a mí me sacó de mi mundo hamburguesil para verle negar con la cabeza.

—No, me refería a lo de tratar de compensar las acciones de tu padre —soltó como si nada mirándome atentamente.

Fruncí el ceño confundida mientras tragaba.

—No hago eso —dije tomando un poco de agua.

—Sí que lo haces —rebatió con una sonrisa divertida—. Cada vez que hacia un comentario fuera de lugar, saltabas.

Me quedé en silencio un segundo y miré mi hamburguesa.

—¿Quieres la mitad de la hamburguesa? —le pregunté de pronto pensado que había sobreestimado mi propia hambre.

—¿Por qué no? —se encogió de hombros cogiendo la hamburguesa y dándole un bocado por el lado opuesto al que yo había mordido—. Uhmm, está buena con las patatas.

—¿A que sí? —sonreí levemente antes de que mi mirada se perdiera en algún punto de la mesa—. Sí que hago eso, ¿verdad? Lo de mi padre…

Le miré apenas de soslayo sin poder evitar sentirme un poco triste. En realidad, según más hablaba con él, más avergonzaba me sentía por todo el tema de la comida.

—Sí —asintió y luego tomó aire—. ¿Es muy complicado el tema con tu madre?

—¿Por lo de Martina? —negué con la cabeza—. No le hace mucha gracia, eso está claro, pero lo más seguro es que no quiera dejarle la casa de Tenerife porque vuelve a tener algo con uno de los vecinos de allí. Lleva años con esa relación intermitente.

—¿Y tú cómo lo llevas?

Me encogí de hombros y luego dudé, porque ya había llegado un punto que no sabía ni como lo llevaba, y estaba tan habituada a ello que ni siquiera me lo cuestionaba.

—Siempre ha sido un poco así, ¿sabes? —murmuré—. Creo que a su extraña manera se entienden, solo que su forma de comunicación siempre ha sido discutir y putearse. Aunque no lo creas, son jodidamente creativos a veces —me reí y mi risa sonó más amarga de lo que pretendía—. Creo que no llamaré a mi madre y que triunfe el caos. Aunque me aseguraré de desaparecer esa semana… o mes —le miré forzando una sonrisa en mis labios—. He perdido muchos puntos por la familia disfuncional, ¿no?

—Bueno, los has recuperado fácilmente con eso de las casas en distintos lugares con playa —dijo en broma mientras me robaba unas patatas.

—Son grandes casas —coincidí antes de mirarle con gesto pensativo—. Yo no estoy segura de si quitarte o darte por el tema de la start up, la verdad…

—¿Por qué sería eso negativo? Dice que soy una persona emprendedora, con iniciativa —comentó sorprendido.

—Por lo general, también puede decir que eres una persona arrogante, algo egocéntrica y muy posiblemente un obseso del trabajo —apunté.

—¿Son eso prejuicios, rubia?

Me encogí de hombros con una sonrisa y pensando que ganaba muchos puntos por no enfadarse ni ponerse a la defensiva ante las críticas. Di un nuevo bocado a la hamburguesa y se la cedí para que se la terminara.

—Cuéntame más sobre tu trabajo, ¿de verdad trabajas con videojuegos? —preguntó interesado.

—No diseño videojuegos ni nada por el estilo, me encargo más bien de la parte artística —expliqué—, dibujo los personajes, los fondos, elementos… Hay mil detalles que hacer para que el juego se vea bien y que cuando la gente haga zoom en algo no se vea de golpe una masa deforme o pixelada. Y te aseguro que la gente hace zoom a todo.

—Así que eres una artista… —murmuró con una sonrisa lenta dibujándose en sus labios.

—Para gran desgracia de mi padre… sí —me reí—. Él quería que fuera médico, no sé por qué, pero desistió al ver que me mareaba con la sangre y las agujas. No trabajo directamente con las empresas que producen los videojuegos, sino que trabajo para una empresa más bien mediana con base en Londres a la que subcontratan para hacer trabajos en juegos concretos, tienen unas pequeñas oficinas aquí en Madrid, pero nos dejan trabajar mucho desde casa.

—Entonces… las posibilidades de conseguir antes de tiempo las versiones remasterizadas del Final Fantasy… ¿nulas?

Me reí de nuevo.

—Me temo que sí, es una pena, pero nunca he trabajado con Square.

—Qué se le va a hacer… —murmuró encogiéndose de hombros con un suspiro antes de levantarse para tirar en una papelera cercana los restos de nuestra comida.

Estábamos sentados en un rincón del restaurante que, aunque ahora estuviera bastante vacío, seguramente se llenaría pronto de nuevo con la llegada de los extranjeros que buscaran cenar temprano. Me había sentado a propósito de espaldas a la ventana, sin querer ver la lluvia caer, y lo cierto es que, con él frente a mí, era fácil olvidarse del resto del mundo.

—¿Cuál era tu plan de hoy? —le pregunté interesada cuando volvió a sentarse—. Antes de que te lo trastocara por completo.

—Pues… —dudó como si se avergonzara—. Iba camino de la oficina para adelantar unas cosas.

—Ay, ¿un sábado? ¿no habré acertado con lo de obseso del trabajo? —él se volvió a encoger de hombros y cuando apartó la mirada, pregunté un poco precavida—. ¿No tenías planes con amigos… o con alguien en general?

—Si me estas preguntando si tengo pareja, la respuesta es no —contestó divertido.

—¡No he preguntado eso!

—Pues lo parecía, rubia —preguntó con cierta picardía antes de mirarme algo más serio—. Es complicado, pero… Digamos que tuve una ruptura un poco dolorosa hace tiempo y aún estoy…

Suspiró y de pronto me miró como si dudara.

—No tienes por qué contármelo —murmuré apurada por verlo de repente tan triste.

—Me siento un poco como en deuda después de la comida con tu padre —replicó entre divertido y apenado—. Como que yo sé mucho más de ti, que tú de mí.

—Yo me siento un poco como avergonzada por ello —me reí imitando sus palabras.

—No veo por qué… —se encogió de hombros— ¿Qué es lo que has dicho? Como no nos conocemos no hay por qué sentirse mal.

—Creo que ya no es válido del todo… —murmuré un poco divertida.

—Ya… —sonrió antes de suspirar con la mirada perdida y de pronto su mente muy lejos de allí—. Hace poco me he dado cuenta de que he perdido a mis mejores amigos…

Sacudió la cabeza y la sonrisa se tornó amarga en sus labios antes de que sus ojos se encontraran de nuevo con los míos de soslayo.

—Me estoy explicando fatal —rio levemente avergonzado y luego volvió a suspirar—. Nos conocíamos desde siempre. Sergio, Ana y yo, siempre los tres. Fuimos juntos al colegio, al instituto, incluso vivimos juntos una temporada… Y no sé cuándo cambiaron las cosas entre Ana y yo, pero cuando estábamos en la universidad de pronto cambiaron y empezamos a salir. Mentiría si te dijera que sé lo que pasó exactamente, solo sé que hace un año simplemente me dijo que ya no sentía lo mismo…

—Ay…

—Sí… fue una mierda, pero bueno, supongo que el tiempo me hizo darme cuenta de que éramos mejores como amigos que como pareja, pero después de tanto tiempo las cosas ya no eran igual y empezamos a distanciarnos, o quizá me distancié yo, porque también perdí el contacto con Sergio… Hace poco he sabido que están juntos.

—¿Qué? —pregunté sorprendida por el giro final.

—Me alegro por ellos, de verdad —aclaró con una sonrisa—. Supongo que simplemente me siento un poco…

—¿Desplazado?

—Puede ser… —murmuró aún un poco perdido en su propia cabeza—. Es solo que al enterarme de pronto me di cuenta de que los había perdido a los dos y… no sé.

Asentí, sin saber muy bien qué decir, porque parecía algo complejo, y aunque por una parte lo entendía, o creía entenderlo, estaba claro que no conocía los detalles y no quería meter la pata. Fue él quien rompió el silencio, rompiendo también con su actitud pensativa:

—¿Cuál es tu historia con el ahora ex? ¡Y espera! —apuntó antes de que pudiera hablar—. Tengo que preguntarlo antes de que se me vuelva a olvidar, ¿me has elegido porque se parecían los nombres? Ya sabes, Daniel y David.

—En realidad, mi ex se llamaba Fran —me reí ganándome su gesto de incredulidad—. Ya te he dicho que podías echarle imaginación con mi padre que ni lo notaría.

—Bueno, ¿y qué pasó?

—Supongo que simplemente no funcionó…

Aguardó en silencio, esperando una historia que no tenía ni idea de cómo contar, si es que había algo que contar. Sin embargo, me miraba con toda su atención, dispuesto a escuchar, y después de que él me hubiera contado su historia parecía casi necesario contar algo más. Era extraño, porque no había esperado que confiara en mí así, pero supongo que no era del todo incierto eso de que a veces resulta más fácil abrirnos ante un desconocido, y él parecía necesitar hablar con alguien. Y quién sabe, quizá yo también.

—Creo que crecimos en direcciones contrarias —murmuré finalmente inclinándome hacia él en la mesa y soltando esa sensación que no había podido dejar de rumiar los últimos meses—. ¿Alguna vez te ha pasado? No digo solo en una relación de pareja, en cualquier relación, que de pronto te das cuenta de que ya no tenéis nada en común, de que ni siquiera os soportáis.

—Supongo que sí…

—Pues fue eso —murmuré un poco triste—. Ni siquiera estuvimos tanto tiempo juntos, fuimos amigos, o más bien conocidos, durante un par de años antes de empezar a salir, y luego estuvimos juntos cerca de tres años. Al principio lo teníamos todo en común, pero el tiempo…, lo que a uno le interesaba al otro ya no, cada día parecíamos estar más lejos y nuestras prioridades… digamos que no eran las mismas. Creo que lo más horrible es que empezamos a sacar la peor versión del otro.

—Así que no fue una ruptura agradable…

—En realidad, la ruptura fue lo más agradable de nuestros últimos meses —le sonreí triste—. Tuvimos una bronca enorme, porque él quería que fuera a una cena suya de negocios el día de antes a una entrega que tenía… Estuve prácticamente sin dormir tres días para poder ir y cuando fui… Me sentí como si no me quisiera allí, como si…—dudé.

—¿Cómo si…?

—Como si se avergonzara de mí —susurré esquivando su mirada.

—¿Qué? ¿Por qué crees eso?

—No sé, él trabajaba en una gran multinacional, es economista y… —dudé de nuevo—. Hizo un par de comentarios sobre mi trabajo. No es que se riera exactamente, lo utilizó para hacer una broma con sus compañeros porque estaba trabajando en un juego un poco tonto en ese momento y, no sé, me hizo sentir como si lo menospreciara.

—Y discutisteis por eso… —dedujo.

—Sí, y no. Al parecer yo también fui demasiado fría y aburrida con sus compañeros —suspiré—. Empezamos a discutir en cuanto llegamos a casa, él dijo cosas hirientes, yo dije las mías… Y pasamos dos semanas sin hablarnos. Cuando quedamos tras esas dos semanas a tomar un café tuvimos la conversación más sensata que he tenido en mi vida y decidimos dejarlo.

No me di cuenta de que estaba jugando con mi pelo hasta que terminé de contar la historia y le vi perdido en los movimientos de mis manos con uno de los mechones.

—Supongo que no es la historia que esperabas… Sin muertos, ni zombis… —bromeé con una pequeña sonrisa.

—Agradezco la ausencia de zombis, y agradezco que me lo hayas contado —me miró correspondiendo mi sonrisa—. Estaba pensando que pasa más de lo que parece, solo que a veces la gente solo se distancia y como no hay enfrentamiento, no nos damos tanta cuenta hasta que ya no hay nada. Algunas veces avanzamos en direcciones contrarias, algunas veces avanzamos mientras otros no y algunas veces, simplemente, nos quedamos atrás…

Me quedé en silencio, pensando yo también en ello, en cómo la gente iba y venía, incluso en cómo nosotros mismos muchas veces nos dejábamos ir.

—Supongo que es complicado… —murmuró.

—¿Echas de menos a tus amigos?

—Creo que lo que echo de menos es más bien las personas que éramos y la relación que teníamos…

—Ya…

Mi mirada se perdió en uno de los nudos de la madera de la mesa. Sabía que no era madera en realidad, seguramente no era más que contrachapado, o en el peor de los casos alguna forma de plástico pintada. A veces, todo parecía tan falso, tan irreal… que no podía evitar extrañar un tiempo en el que todo parecía mucho más sencillo.

No me di cuenta de que estaba dibujando formas con el dedo en la mesa hasta que él puso su mano sobre la mía, sorprendiéndome. Le miré, pero su mirada permanecía perdida en nuestras manos como si ahora fuera su mente la que estaba muy lejos de allí, y no pude evitar pensar que, de pronto, todo parecía demasiado serio, demasiado intenso.

—¿Por qué te has metido bajo mi paraguas?

La pregunta escapó de mis labios repleta de curiosidad sin que pudiera contenerla, quizá porque una parte de mí también sentía todo esto un poco irreal y no terminaba de creer que apenas hubiesen pasado unas horas desde entonces. Pero entonces sus ojos se encontraron con los míos, y todo se sintió tan real…

—¿Sinceramente? No lo sé —se encogió de hombros—. Me has llamado la atención.

—Pero ¿por qué?

Le vi dudar, y temí que sería algo malo, hasta el punto de que estuve a punto de decirle que lo olvidara.

—Porque parecías totalmente fuera de lugar —soltó y necesité tomar aire para asimilarlo—. ¡No lo digo en un mal sentido! —se apresuró a aclarar sujetando mi mano con fuerza cuando sintió que me apartaría—. Es solo que la gente que va vestida como tú vas y frente a ese restaurante no se queda de pie bajo la lluvia para que se les moje la ropa.

—Dios, te he dado pena… —susurré dándome cuenta al momento.

—No es eso, ha sido más bien… —dudó, luego cerró los ojos y suspiró—. Vale, lo siento, pero sí, parecías un cervatillo ante los faros de un coche.

—Pues menuda mierda… —mascullé avergonzada y esquivando su mirada.

Ahora me sentía un poco patética. No quería ni imaginar el aspecto que debería haber tenido, vestida de negro y encogida bajo mi paraguas. Con miedo a la lluvia, miedo a mi padre y miedo a la estúpida comida y el restaurante.

—Eh, recuerda que he sido yo quien se ha metido ahí —detuvo con rapidez mis pensamientos—, sin conocerte de nada, buscando… ni siquiera sé qué… —Dudó un instante—. Ha sido un día raro, ¿sabes? Llegué anoche de un viaje de negocios y aunque estaba agotado no pude dormir. Así que esta mañana he salido a dar una vuelta sin importarme siquiera que estuviera lloviendo y antes de darme cuenta, estaba de camino a la oficina, quizá porque tampoco tenía otro sitio al que ir… Cuando te he visto, no sé, quizá me he sentido identificado.

—¿Y has sentido la necesidad de sacudirme para que me moviera? —bromeé.

—Creo que al final el sacudido he sido yo…

—Mi padre suele tener ese efecto en las personas —murmuré haciéndole bufar una pequeña risa.

—Te aseguro que no tiene nada que ver con tu padre.

Traté de buscar su mirada, ahora esquiva, intentando encontrar en sus ojos lo que se escondía detrás de esas palabras. Sin embargo, el sonido de un trueno a mi espalda me hizo estremecerme en mi asiento. Había estado tan perdida en la conversación que ni siquiera había sido consciente de que la lluvia arrecía a mi espalda. Daniel sujetó mi mano y no pude más que reírme nerviosa, sintiéndome un poco estúpida bajo su mirada de curiosidad.

—¿Qué historia hay detrás de lo de la lluvia?

Apreté los labios sin saber muy bien qué decir, en parte porque las palabras de mi padre aún seguían patentes en mi memoria, y tenía razón, ya tenía una edad y mi reacción a la lluvia empezaba a ser ridícula. Sin embargo, justo cuando iba a decir aquella manida excusa de que simplemente me desagradaba, negó con la cabeza.

—Sé que hay una historia… Tiene que haberla —insistió.

Suspiré, sin contener la pequeña sonrisa triste que se dibujó en mis labios sorprendida porque simplemente lo supiera.

—La familia de mi madre es de Salamanca, de un pueblo, y aunque viven en Madrid, tienen la casa familiar allí —empecé sabiendo que había una manera mucho más rápida y sencilla de contar aquello—. Y bueno, mis padres también compraron una casa allí, a los pies de la sierra… nada que ver con la casa de pueblo de la familia como te podrás imaginar…

—Tenerife, Menorca, Salamanca… —dijo en tono desenfadado—. Solo lo estoy apuntando en una pequeña nota mental.

Hizo un gesto como si lo apuntara en su cabeza y reí, deshaciéndome casi sin darme cuenta de un poco de la tensión que parecía haberme dominado.

—En realidad, es muy simple —solté mirándole con una sonrisa tirante—. Me perdí en el monte cuando era pequeña y hubo una tormenta un poco horrible —Me encogí de hombros—. No sé, sé que es un poco tonto, pero no puedo evitar ponerme nerviosa cuando llueve.

—¿Cuántas horas estuviste perdida? —preguntó con calma.

—Casi doce —murmuré sin perder la sonrisa y ganándome su gesto de sorpresa—. Es que mis padres tardaron un poco en darse cuenta de que no estaba, y era un poco difícil buscar de noche.

—Ya…

—En realidad ni siquiera me había alejado mucho —aclaré ante su gesto serio—. Y en cuanto dejó de llover no hacía tanto frío.

—Ya… —murmuró de nuevo con su ceño ligeramente fruncido.

Su mirada se desvió un instante a la ventana justo a mi espalda para ver la lluvia caer. Supongo que a eso es a lo que se refería Fran cuando decía que era demasiado complicada, aunque es posible que mi costumbre de sumergirme durante días en mis dibujos y desaparecer del mundo también tuviera algo que ver.

—Parece que ha dejado de llover —murmuró Daniel dedicándome una pequeña sonrisa y dejando un pequeño apretón en mi mano—. ¿Por qué no te acompaño hasta el metro para que puedas volver a casa?

Por un momento pensé que ya estaba, que la magia se había roto de alguna manera y todo se había estropeado, pero la preocupación en sus ojos me hizo ver que no era eso, y que intentara cuidar de mí, aunque fuera con esa tontería me pareció muy tierno.

—En realidad —correspondí su sonrisa—, pensaba ir andando si no llueve, no vivo muy lejos.

—¿Quieres que te acompañe?

—Me encantaría…

Aún chispeaba un poco cuando salimos y, aunque apenas se notaba, Dani abrió el paraguas y me invitó a cobijarme bajo él. No dudé, y me metí bajo su brazo dejando que me rodeara. Caminamos en un silencio cómodo, mientras mi mente era un hervidero de pensamientos y mi pecho un nudo de emociones.

Lo cierto es que me dolían los pies por aquellos estúpidos zapatos que me había medio obligado a ponerme, pero no había querido despedirme aún, y cuando le miré de reojo y vi la pequeña sonrisa distraída en sus labios, pensé que él tampoco.

—Es aquí —murmuré poco después cuando llegamos a mi edificio en el pintoresco barrio de Malasaña.

Me alejé un paso y le miré mientras cerraba el paraguas. En algún punto del camino había dejado de llover por completo, pero ninguno había hecho amago de separarse, por lo que habíamos seguido acurrucados bajo él.

—Quédatelo —le detuve cuando me lo ofreció—. Por si vuelve a llover mientras vuelves a casa. Puedes devolvérmelo en otra ocasión.

—¿Significa eso que voy a conseguir tu número de teléfono? —habló con una sonrisa ladeada.

Yo también sonreí, mientras recitaba mi número y le veía apuntarlo antes de hacerme una llamada perdida para que guardara el suyo. Luego nos miramos por un instante, antes de que el tiempo nos hiciera sentir un poco tontos.

—Me ha encantado conocerte… —murmuró.

Y al verle moverse sobre sus pies ligeramente, pensé que era curioso que nos pusiéramos nerviosos justo ahora, que todo llegaba a su fin.

—Sí, gracias por acompañarme —susurré con un pequeño gesto a la puerta a mi espalda.

Luego volvimos a quedarnos allí, mirándonos un poco paralizados, hasta que asentí, no sé muy bien por qué, en forma de despedida y me giré para acercarme a mi portal.

—Claudia —me llamó cuando apenas había dado unos pasos.

Le miré de nuevo y él me dedicó una pequeña sonrisa cohibida mientras eliminaba la distancia entre nosotros una vez más.

—Perdona, yo… —murmuró con su mirada fija en la mía y la sonrisa volviéndose firme en sus labios—. Quiero besarte, ¿puedo besarte?

Creo que también sonreí, divertida porque, después de todo lo que había pasado, ahora pidiera permiso. Y asentí, casi por instinto, sin apartar mis ojos de los suyos.

En apenas un suspiro su mano acunaba mi rostro y toda distancia entre nosotros quedó extinguida. Sus labios se posaron sobre los míos, moviéndose con una gentileza y una ternura que me hizo suspirar, un beso lento y dulce que me sorprendió.

Entonces me puse de puntillas, todo lo que me permitieron mis tacones, apoyándome en su pecho para no perder el equilibrio y algo cambió. Sin soltar mi rostro ni separarse de mis labios, me hizo retroceder hasta quedar presionada contra la puerta y profundizó el beso.

Su lengua en mi boca, sus manos en mi pelo y nuestras respiraciones entremezcladas en un beso al que ninguno de los dos parecía querer poner fin. Pero el tiempo se escapa como arena entre los dedos, y los momentos que más queremos retener son los que antes se van.

—Debería irme —susurró aún contra mis labios.

Apenas se había alejado, dejando caer su frente sobre la mía con suavidad, y yo no había sido capaz siquiera de abrir los ojos, pero casi podía sentir la distancia creciendo entre nosotros.

—Sí… —suspiré—. ¿Es raro que no quiera que lo hagas…?

—¿Es raro que no quiera hacerlo…? —susurró separándose apenas unos centímetros y buscando mi mirada—. Pero creo que deberíamos alejarnos, alejarnos de esto un segundo y pensar, porque todo ha sido un poco…

—¿Extraño? —coincidí.

—Podría decirse… —murmuró retrocediendo un paso, y luego otro.

—En ese caso, supongo que es un adiós —contesté y luego sacudí la cabeza sintiéndolo demasiado definitivo—. Hagamos una cosa, escribámonos cuando ya no se sienta tan extraño.

—Hecho —dijo con una sonrisa dibujándose en sus labios—. Tu verás, rubia, tendrás que escribirme si quieres recuperar tu paraguas.

Me reí ante su broma y luego un poco más cuando tropezó por caminar alejándose de espaldas. Casi sentí la tentación de llamarlo de nuevo, pero en vez de eso me giré y entré en el portal.

Apenas había llegado a casa, cerrando la puerta a mi espalda y dejándome caer con desgana en el sofá, cuando sentí el móvil vibrar en mi bolso con el aviso de un mensaje. Y no sé por qué, pero lo supe, supe que era él, y sonreí.

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