El ascensor

El ascensor

Ale. Principios de diciembre…

Tamborileé los dedos contra la mesa una vez más, disfrutando del sonido de mis uñas repiqueteando contra la madera sin apartar la mirada ni un instante de Hugo frente a mí, y cuando sus ojos se fijaron en mí, claramente molesto, le sonreí.

—¿No tienes nada que hacer?

—Oh, pero estoy haciendo algo —le contesté con exagerada dulzura, la sonrisa creciendo en mis labios.

Y a los dos nos quedó clarísimo lo que hacía, porque hacerle rabiar casi se había convertido en un ritual. Si era sincera, no terminaba de comprender por qué tenía la necesidad de ser tan insoportable con él, porque hasta yo podía reconocer que era jodidamente insoportable con él, pero lo cierto era, y es una mierda tener que aceptarlo, que mis pequeños, y no tan pequeños, rifirrafes con Hugo eran casi el único aliciente para ir a trabajar en los últimos días.

Y bueno, no es que Hugo fuera un santo precisamente.

—¿Y no tienes nada mejor que hacer? ¿Trabajar, por ejemplo? —preguntó con cierta ironía.

—Estoy bien aquí, gracias.

Le dediqué una nueva sonrisa, sabiendo que cuanto más amable fuera más le tocaría las narices. Tampoco quería admitir que no tenía trabajo que hacer, porque ya me habían retirado de todos los proyectos, lo más probable es que ni si quiera pudiera acceder a mi ordenador a estas horas.

—Si estás esperando por el informe, no pienso colgarlo hasta el lunes y no voy a pasártelo antes —masculló Hugo volviendo a teclear en su ordenador.

Sabía bien de que informe hablaba, porque hasta hacía poco más de una semana era mi responsabilidad. Esa era una de las razones por las que Hugo se encontraba tan molesto estos días, Jaime le había endosado casi todo mi trabajo y él había pensado sin dudar que era solo un paso más para que yo cogiera el ascenso por el que llevábamos meses peleando.

No lo podía culpar, porque no había hecho nada para sacarlo de su error. Casi había suspirado de alivio cuando Jaime no había dado explicaciones, y lo cierto es que podía entender por qué él prefería llevarlo todo discretamente, lo que no terminaba de comprender era porque no había dicho nada yo.

Me había pasado toda la semana arreglando mi despido, mientras todos creían que preparaba mi ascenso. Irónico, ¿no? Una putada en gran parte. Quizá por eso no había sido capaz de decir una sola palabra, no solo a Hugo, que seguramente haría una fiesta en cuanto lo supiera, tampoco a ninguno de mis muchos compañeros, algunos de los cuales, después de casi cuatro años, consideraba casi amigos. Pensé en Raquel y en Paula, también en Laura, con las que trabajaba codo con codo casi a diario, y esperaba que no se enfadaran mucho conmigo cuando lo descubrieran.

Pero había sido todo tan extraño, tan repentino y tan… horrible, que tampoco estaba muy segura de si yo misma era consciente de lo que estaba pasando. Había dedicado los últimos cuatro años, cuatro años de mi vida, a aquel trabajo, me había comprometido con la empresa, dedicado a ella, de tal manera, que apenas había dejado espacio para nada más. Y ahora, ya no estaba.

—¿Alejandra…? —me sacó Hugo de mis pensamientos con voz hastiada.

Me miraba con el ceño fruncido, y si no fuera porque sabía que no me soportaba, casi podía pensar que estaba preocupado. Claro que tenía que ser raro de narices que me hubiera sentado delante de él durante casi una hora simplemente para molestarlo porque, por muy cizañera que fuera, siempre tenía algo que hacer.

En realidad, solía ser más él que yo quien se acercara a molestar, dejándose caer por mi mesa para soltar algún comentario e intentar cotillear mi trabajo solo para hacerme rabiar, porque por mucho que ahora se hiciera el ofendido, a Hugo también le encantaba sacarme de quicio.

—Si sigues mirándome así voy a pensar que te gusto —se mofó.

Me reí sin poder evitarlo, porque la horrible verdad es que el cabrón era guapo como el demonio, y él lo sabía, pero no iba a ser yo quien se lo dijera.

—Más quisieras.

—¿Se puede saber qué coño te pasa? —preguntó de pronto—. Mira que tú ya eres rarita de por sí, pero lo estás llevando al extremo, ¿el poder ya hace mella en ti?

Reí de nuevo, una carcajada en la que solo yo notaba la amargura. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada más, la puerta del ascensor de la planta se abrió al final del pasillo y en cuanto Marta cruzó su mirada conmigo me hizo un gesto para que la siguiera.

—Hablando de poder, ahí que viene a reclamarte —masculló Hugo con mala cara antes de mirarme molesto—. ¿He de darte ya la enhorabuena?

No pude más que dedicarle una sonrisa triste, porque seguramente cuando volviera él ya se habría ido a casa y aunque era un poco jodido de admitir, es posible que incluso fuera a echarle de menos.

—Creo que soy yo quien debe darte a ti la enhorabuena —murmuré poniéndome en pie—. Buena suerte.

Lo dejé tan confundido que no dijo nada más antes de que me alejara bordeando las mesas vacías hasta Marta. Como era normal en un viernes, la gente había huido en desbandada antes de que el reloj marcara las dos, y yo lo hubiera hecho con ellos si no fuera porque no podía irme.

Marta ni si quiera me saludó cuando llegué hasta su lado, empezando a andar hacia el ascensor sin una palabra. Simpática… Aunque bueno, yo también estaría asqueada de la vida si tuviera que ser la secretaria de un gilipollas como Jaime.

No me sorprendió que él ya no estuviera cuando subí, quedarse más allá de la una eran horas extra para él incluso cuando no era viernes, como tampoco me extrañó encontrarme de pronto en una sala con dos jefazas de Recursos Humanos. Venían a hacer el trabajo sucio y no les hizo ninguna gracia que me negara en redondo a simplemente firmar los papeles. ¿De verdad esperaban que por haberlo retrasado todo hasta el último momento cedería sin dudar? Si me hubieran conocido, aunque solo fuera un poco, habrían sabido que era precisamente así como se conseguía que me volviera más difícil.

Así que tuve que discutir con ellos una vez más, primero para conseguir que me dejaran leer el documento con tranquilidad y luego para que corrigieran todas esas cosas que al parecer no habían sido capaces de cambiar después de una semana entera negociando los términos. Estaba agotada de esta mierda, pero maldita fuera si no me iba con lo que quería.

Por suerte, no tardaron tanto en darse cuenta de que no iba a ceder, y una vez lo aceptaron, todo pudo cerrarse con relativa rapidez. No me sorprendió que Marta ya no estuviera cuando salí, ni que las de Recursos Humanos desaparecieran en cuanto pudieron, dejándome sola con Carlos, el conserje encargado de seguridad, al que le habían asignado como responsabilidad acompañarme hasta la puerta tras recoger mis cosas.

Por dios, ni que fuera a quemar el edificio o algo, aunque ahora que lo pensaba… una parte de mí quizá quería hacerlo, y sin el quizá.

—No tenía ni idea, Ale… —murmuró él con pena mientras me acompañaba hasta mi mesa.

Le dediqué una pequeña sonrisa agradecida para tratar de quitarle peso. Siempre me había llevado bien con él, en parte porque me inspiraba una cierta figura paternal, siempre sonriendo, saludando cada mañana y despidiéndose a cada tarde.

—Ha sido apresurado… —susurré como toda explicación.

Y lo cierto es que no sabía que más podía decir, prefería dejarlo así, y que el lunes cada uno pensara lo que quisiera, porque estaba claro que todos iban a hablar.

Me detuve junto a mi mesa y suspiré. Carlos me había conseguido una caja de mensajería para meter mis cosas cuando Recursos Humanos le había avisado, y no podía estarle más agradecida, porque, aunque había pasado toda la semana organizando mis cosas, no había sido capaz de llevarme nada y ahora me arrepentía. Esto era demasiado patético. Solo podía dar gracias porque ya no quedara nadie allí.

Toda mi actitud beligerante y mi humor ácido pareció abandonarme de pronto y miré a Carlos con el ruego pintado en los ojos.

—¿Crees que podrías…?

—Te dejaré sola un rato, estaré abajo… —me sonrió—. No se lo digas a nadie.

—Gracias… —susurré viéndole irse.

Y fue en el momento en el que me quedé sola que me permití quebrarme un poco. Sin haber siquiera empezado a guardar algo en la caja, me apresuré al baño para encerrarme en uno de los cubículos. No había querido llorar, pero resultó inevitable. Así que me dije que me daría dos minutos, dos minutos de autocompasión, antes de salir y terminar con aquello de una vez. En casa tendría todo el tiempo del mundo para digerirlo todo.

Ya había hecho lo difícil, solo quedaba un paso más y todo habría terminado. O al menos eso pensaba, hasta que al salir del baño vi a Hugo apoyado en el borde de mi mesa con dejadez. ¿Por qué no se había ido ya a casa? Eran casi las cuatro… ¿de verdad tenía que encontrarme con él justo ahora?

Tomé airé y empecé andar hacia allí, porque estaba claro que por alguna razón me estaba esperando, y no pude más que alegrarme de haberme limpiado los restos de maquillaje antes de salir. No es que tuviera mi mejor aspecto, pero al menos nadie podía decir que acababa de llorar como una tonta encerrada en el baño.

—¿Van a darte incluso un despacho arriba? —preguntó con sorna cuando me acerqué.

—Uy, sí, con vistas a la ciudad y todo —respondí terminando de meter lo que quedaba en los cajones en la caja.

—Podrías esperarte al lunes para esto, ¿tan ansiosa estás por alejarte de los simples mortales?

—Ni te lo imaginas… —mascullé.

Trataba en toda medida que la tristeza que de verdad sentía no se trasluciera en ningún gesto ni palabra, y esquivaba su mirada todo el tiempo, como si no le diera importancia a lo que decía, como si nada importara, esperando que así se aburriera y se fuera. Pero él no se movió ni un ápice, mirándome mientras recogía como si notara lo incómoda que estaba y quisiera hacerlo peor. Seguramente una venganza, merecida para qué mentir, por lo de esta mañana.

—¿No tienes nada que hacer? —pregunté de malas maneras—. ¿No has quedado o algo para comer? Creía que lo tuyo era un continuo de citas en cuanto acababa el horario laboral.

—Oh, pero estoy haciendo algo —repitió mis palabras de hacía un rato con cierto retintín—. Y ya he comido algo, no he quedado hasta la hora del café.

—Uy, café, parece que no vas a tener suerte hoy… —chasqueé la lengua—. A no ser que tengas otra cita para cenar.

Su risa fue grave y profunda, y joder, odiaba que fuera tan sexy.

—¿Celosa, Alejandra?

—Asqueada más bien…

—Pues pareces muy interesada por mis planes, aunque creo que me das más méritos de los que tengo —comentó divertido.

Negué con la cabeza sin querer contestarle y cogí la caja antes de dirigirme al ascensor. No sé por qué había esperado que me dejara en paz o se pusiera a lo suyo, porque estaba claro que no iba a tener esa suerte. Así que no pude más que suspirar cuando lo vi empezar a andar a mi lado.

—Sí, parece que es hora de irnos —canturreó conforme entrábamos en el ascensor tras coger sus cosas de su mesa—. Supongo que subes hasta la quinta, ¿no?

—No, voy a recepción —respondí sin mirarlo.

—¿Cómo?

Mis palabras parecieron confundirlo por completo hasta tal punto que las puertas del ascensor se cerraron sin que pulsara ningún número, así que me incliné frente a él con un suspiro y pulsé el de la planta baja.

—Vale, ahora en serio —masculló girándose hacia mí a la vez que lanzaba miradas extrañadas a mi caja—. ¿Qué coño?

—Voy a dejarte con la intriga, mira tú —le respondí de mala manera mientras rezaba porque el ascensor simplemente bajara.

Nos quedamos en silencio, yo porque no quería decir nada más, él seguramente porque no tenía ni idea de qué decir. Sabía que era lo suficiente inteligente como para deducir porque me dirigía hacia la salida con una caja repleta de mis cosas, casi podía haber dejado los papeles de mi despido encima del todo y hubiera sido menos obvio.

Entonces ocurrió lo peor que podía ocurrir, el ascensor sufrió una sacudida y se detuvo por completo, justo entre el primer y el segundo piso, quedándonos a oscuras un momento antes de que la luz de emergencia se encendiera dejándonos en penumbra. Cerré los ojos y tomé aire. Aquel iba a ser sin duda el peor y más largo viaje de ascensor de mi vida, y tenía que ser precisamente hoy.

—Mierda… —oí a Hugo a mi lado antes de que pulsara la campana de socorro del ascensor.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que alguien respondiera al otro lado, quizá un minuto o dos, pero yo no me moví ni un centímetro mientras escuchaba a Hugo quejarse de la falta de cobertura y recordaba que mi móvil se había quedado sin batería a media mañana porque había olvidado cargarlo.

Cuando la voz ligeramente mecánica nos habló finalmente desde la placa del ascensor, solo nos dijo que había habido un pequeño problema con el suministro de electricidad que había bloqueado el ascensor y que permaneciéramos tranquilos pues esperaban solucionarlo pronto. La cosa es que, si no me equivocaba, era la tercera vez este mes que sucedía algo similar y en la última ocasión habían tardado más de dos horas en arreglarlo. No sé por qué había pensado que lo habrían solucionado ya, sabiendo cómo funcionaba todo en esta empresa.

Me giré y me agaché para dejar la caja en un rincón, intuyendo de alguna manera que aquello iba para largo, y luego me apoyé en una de las paredes cruzando los brazos sobre mi pecho y empezando a negar con la cabeza de manera inconsciente.

—¿No tendrás claustrofobia o alguna cosa de esas? —preguntó Hugo desde el lado opuesto con tono dudoso.

—No —respondí y una risa estridente salió de mis labios sin que pudiera evitarlo.

Dios, de verdad que aquello tenía que ser una broma, cuando creía que el día no podía ir a peor había algo ahí para probarme lo contrario. Solo faltaba que todo acabara con la estúpida caja de metal enorme que hacía de ascensor desprendiéndose al vacío.

Suspiré, pellizcándome el puente de la nariz sin perder la sonrisa irónica en mis labios. Sabía que era el cansancio lo que me volvía tan macabra, pero es que de pronto sentía como si todo el peso de aquella semana hubiera caído sobre mí por completo. Ni si quiera le había dicho nada a mi familia aún sobre el hecho de que estaba oficialmente sin trabajo y, la verdad, esperaba no tener que hacerlo hasta que tuviera otra cosa segura.

—Pues estás actuando un poco desquiciada…

—¿Tú crees? —murmuré divertida, abriendo por fin los ojos para mirarle antes de preguntarle con sorna—. ¿Estas preocupado por mí, Hugo?

—Mas bien por mí, no me apetece que te dé un brote psicótico y trates de matarme con esas uñas que llevas…

Me miré las uñas como si lo sopesara, me había hecho la manicura la semana anterior, eligiendo un llamativo rojo ahora que las navidades se acercaban, y no me costó mucho entender porque pensaba que haría algo así.

—Supongo que sí que soy así de horrible… —murmuré.

La amargura con la que pronuncié esas palabras me sorprendió, aunque la idea ya había estado sobrevolando mi cabeza de manera discreta durante la última semana. Sabía que era exigente, conmigo y con todos, perfeccionista y maniática. Sabía que a veces me ponía demasiado quisquillosa y entendía que eso molestaba, del mismo modo que sabía que mi sentido del humor podía volverse un poco ácido en ocasiones. Simplemente no me había dado cuenta hasta ahora de lo horrible que todo aquello junto podía hacerme a ojos de los demás.

—Ale… ¿va todo bien? —susurró después de un largo rato en silencio, y que su voz fuera suave fue quizá lo peor.

Sabes que estás siendo patética cuando tu propio archienemigo —no vamos a hablar de lo infantil que es tener uno— se apiada de ti. Él nunca me llamaba Ale, en parte porque sabía que no me gustaba que me llamaran Alejandra, y ahí estaba, eligiendo este preciso instante para ser amable.

Negué con la cabeza, casi como si la sacudiera, antes de mirarle y forzar una sonrisa en mis labios.

—Todo perfecto, ¿es que no se nota? —contesté no sin ironía—. ¿No me dirás de verdad Hugo que estás preocupado por mí?

—Pues lo cierto es que sí —admitió.

Le miré sorprendida, porque parecía serio y sincero. Al menos, me miraba como si lo fuera, con postura tensa, el ceño fruncido y su mirada fija por completo en mí, pero yo no podía evitar pensar que aquello solo era una treta más, un pequeño cebo para que me mostrara vulnerable y terminar de hundirme cuando ya me sabía hundida, incluso aunque creía que él no haría algo así, por mucha enemistad que hubiera.

Me separé de la pared en la que estaba apoyada con un pequeño empujón para enderezarme, acercándome a él un paso.

—Los dos sabemos lo que significa esa caja, no vamos a fingir que no te alegras de ello —contesté con acidez—. Has ganado, ¡enhorabuena!

—No me alegro de que te hayan despedido —murmuró con calma.

No se había movido ni un ápice y la intensidad con la que me miraba casi me hizo tambalear en mi decisión. Pero tomé aire, decidida a no amedrentarme por nada, ni mucho menos a dejarme conmover.

—¡Oh, venga! —me reí amargamente mientras me acercaba un nuevo paso desafiante—. Aprovecha ahora, será mi regalo de despedida. Lo que sea que quieras decirme, todos esos insultos que te has tenido que callar, es tu momento. Desahógate sin consecuencias.

—¿Sin consecuencias…? —preguntó sin cambiar su gesto ni expresión.

—Ves… —sonreí con amargura—. Es difícil fingir que no me odias, ¿verdad? Prometo que no habrá consecuencias, así que suéltalo, ya puedes echarme en cara todo lo que…

No tuve tiempo de reaccionar, ni si quiera pude terminar de hablar. Hugo hizo lo último que esperaba que hiciera. Extinguió toda distancia entre nosotros y cogiéndome con fiereza, con una mano en mi cintura y otra en mi cuello, arrancó un beso de mis labios. Y digo que lo arrancó, porque la forma en la que sus labios empezaron a moverse sobre los míos no dejó opción a nada más que corresponderle.

Era casi como uno de nuestros enfrentamientos, con una intensidad y una pasión que me sorprendió, pero a la vez, me absorbió por completo. Debería haberle empujado, alejarlo y detener aquella locura y, sin embargo, me sorprendí aferrándome a su jersey y alzándome sobre las puntas de mis pies para acercarme un poco más a él mientras respondía a su beso con la misma ferocidad y necesidad que él me transmitía.

Había pensado en cómo sería besarle más veces de las que llegaría jamás a admitir, en parte porque tenía que admitir que era demasiado guapo para su propio bien, y, aun así, estaba siendo mucho más. Sin embargo, de la misma manera abrupta que empezó, terminó.

—Ahora cuéntame qué coño ha pasado —habló con contundencia sin separarse un ápice aún sujetándome con fuerza.

Pero aquellas palabras consiguieron sacarme de mi estupor y me hicieron sentir aún más patética de lo que ya me sentía, y enfurecida, porque había dejado que él marcara los tiempos con aquel beso, había dejado que lo empezara y lo terminara sin hacer nada, y yo no era de las de dejarse manejar.

Le empujé con fuerza, consiguiendo desprenderme de su agarre y retrocediendo hasta recuperar mi lugar en el lado opuesto del ascensor. Por un momento había olvidado por completo donde estábamos, creo que incluso quienes éramos, hasta que todo había vuelto a mí como una bofetada.

—¿Tú qué te crees? —solté sin saber muy bien qué decir—. ¿Que por un beso voy a ablandarme y hacer lo que tú quieras?

—¡No se me ocurriría pensar jamás que soy capaz de ablandarte en ningún sentido! —se rio con fuerza—. Y bueno, ¿hacer lo que yo quiera? Por dios, creo que eres capaz de lanzarte a un volcán en activo con tal de llevarme la contraria.

—Pues mira, la idea ahora me parece más atractiva que esto.

—Has sido tú la que ha dicho que podía hacer lo que quisiera sin consecuencias… —se encogió de hombros, y aunque había vuelto a cierta actitud provocadora, no conseguía sacudirse esa intensidad que me aturdía.

—Decir, he dicho que podías decirme lo que quisieras —le corregí enfurecida.

—Supongo que me he tomado una pequeña licencia… No ha parecido molestarte mucho.

—Eres un capullo…

—Tienes razón —me concedió de pronto—. Lo siento, ha estado fuera de lugar.

Le miré sorprendida, parpadeando como si no me terminara de creer lo que acababa de pasar. ¿Realmente había cedido sin más?

—¿Y por qué lo has hecho…? —pregunté en un susurro.

—Por la misma razón por la que quiero saber qué ha pasado. ¿Tiene algo que ver con lo que pasó en la fiesta de la semana pasada?

—¿La fiesta? ¿Por qué crees que pasó algo en la fiesta?

Mi voz temblorosa hizo vano todo intento de aparentar que no sabía de qué hablaba, pero lo cierto es que no había esperado que me preguntara aquello. Y él, al parecer, no había esperado que reaccionara así, porque su ceño se frunció de nuevo y su postura se hizo tensa.

—Ale…

—Tuve un encontronazo con Jaime en la cena de empresa —admití finalmente apartando la mirada como si esperara que así se zanjara el asunto.

No había sido consciente de cuánto necesitaba decirlo hasta que finalmente lo hice, de cuánto necesitaba soltarlo de alguna manera.

—Define encontronazo.

Suspiré con exasperación, lanzándole una mirada enfadada aun cuando sabía que no era con él con el que estaba enfadada.

—¡Pues eso, yo que sé! —respondí moviendo los brazos un poco nerviosa—. Le escuché hablando con Gonzalo, diciendo mierdas, ya sabes como son, y simplemente me aclaré la garganta para que se dieran cuenta de que estaba allí, esperando… pues yo que sé, que al menos se callaran, pero es que no tuvieron reparos en decírmelo a la cara.

Aún podía sentir la indignación, el nudo en la garganta y el agobio al no saber qué contestar.

—¿Decirte qué…?

—No fue tanto lo que dijeron, sino cómo lo dijeron… —suspiré, sintiéndome estúpida y, a la vez, enfadada conmigo misma por sentirme así. Cuando volví hablar, los nervios ya habían dejado paso a la resignación—. Básicamente, que era una ilusa si creía que tenía una oportunidad para ese ascenso y luego algún que otro comentario sobre lo «gracioso» que era verme intentarlo.

Las cejas de Hugo se alzaron con sorpresa, antes de fruncir el ceño.

—Supongo que ya puedo darte la enhorabuena, parece que el ascenso es tuyo… Siempre lo fue —hablé con cierto resentimiento.

—Voy a irme de la empresa, he estado haciendo entrevistas —soltó de forma abrupta como si nada, aún un poco confundido, dejándome completamente descolocada.

—¿Qué?

—¿Cómo coño ha acabado eso con tu despido? —preguntó él centrándose de nuevo en mí.

—Yo… —balbuceé un poco aturrullada por tanta información—. Fui a hablar con Jaime al día siguiente, el viernes pasado, porque en la fiesta me quedé bloqueada y no dije nada, y él me habló… pufff… fue todo condescendencia como si estuviera hablando con una cría estúpida y estaba harta.

—¿Te peleaste con él?

—Puse una queja formal en Recursos Humanos —admití lanzándole una mirada seria—, y por supuesto su respuesta fue castigarme a mí… ¡querían degradarme! Según ellos «para alejarme de una situación comprometida». No pude más, simplemente no… —Inspiré hondo, porque no quería romperme ahí, no ahora, no frente a él—. Así que dije que me iba y que, si querían que lo hiciera en silencio, más les valía darme buenas condiciones. Llevo toda la semana discutiendo con Recursos Humanos.

—¿Quién lo sabe? —preguntó acercándose un poco a mí.

Odiaba que fuera amable, que estuviera siendo así, aunque en el fondo no me sorprendiera nada, porque si odiaba algo más de él que el que fuera tan atractivo, es que sabía que era un «buen tío», o al menos lo era con todo el mundo en la oficina, yo solo era un caso particular. Sin embargo, era difícil mantenerse firme si era amable y sentía que, si flaqueaba, caería por completo.

Aparté la mirada un poco abrumada. No se lo había contado a nadie, no estaba muy segura de por qué, quizá porque ni si quiera a mí me parecía real.

—No se lo has dicho a nadie… —susurró como si leyera mis pensamientos, acercándose un paso más para luego sujetarme por los hombros en un gesto que, aunque no lo quisiera admitir, resultó reconfortante—. ¿Por qué no se lo has dicho a nadie…?

—¿Para qué? —pregunté mirándole cansada—. ¿Para meter a alguien más en problemas? E igualmente, solo estaba yo y ya sabes cómo es eso, «él dice… ella dice…».

—¿Por qué siempre estás tan empeñada en hacerlo todo por tu cuenta? —bramó exasperado alejándose para dar una vuelta en el mínimo espacio que teníamos—. ¡Tú sola contra el mundo!

—Oh, vamos, sabes perfectamente por qué —le contesté de igual manera—. Soy perfectamente consciente de cómo soy, no necesitaba comprobar sus consecuencias.

—¿Qué mierda quiere decir eso? —preguntó—. ¿Crees que nadie te hubiera apoyado de verdad?

Aparté la mirada sin decir nada, porque para mí la respuesta era bastante obvia, y lo cierto es que no entendía por qué precisamente él parecía tan preocupado por aquello, por qué parecía darle tanta importancia.

—Raquel te vio en la fiesta, y se preocupó por ti —comentó ante mi silencio—. Joder, yo te seguí hasta la calle, y si te hubiera alcanzado, si me lo hubieras contado, yo te habría apoyado.

—¿Por qué…?

No dijo nada, solo me miró y sus ojos hablaron más de lo que lo habrían hecho sus palabras. Sin embargo, me resultaba difícil creer que se preocupara realmente por mí. Raquel, bueno… nos llevábamos bien, hablábamos bastante, pero tampoco es que fuéramos íntimas. Lo cierto es que hacía tiempo que había asumido que eso era culpa mía, por alguna razón no llegaba a conectar del todo con la gente, siempre me quedaba fuera. Sin embargo, él… no entendía nada, por muy buen tío que fuera, por muy mal aspecto que tuviera en este momento, nos habíamos dedicado a hacernos la vida imposible el uno al otro durante los últimos años, y sí, era divertido, pero también era algo… horrible, ¿no?

—Ale… —me llamó de nuevo al ver que apartaba la mirada.

—¿Qué es eso de que estás haciendo entrevistas? —cambié de tema haciéndole suspirar.

—Pues eso, no puedes decir que te sorprende…

—Pero ahora sabes que el ascenso es tuyo, ¿no cambia eso las cosas? —pregunté con auténtica curiosidad.

—No voy a fingir que el tema del ascenso no ha tenido nada que ver con mi decisión —murmuró con una sonrisa triste—. Pero no por lo que tú crees, realmente pensé que te lo iban a dar a ti. Joder, te lo merecías de verdad, Ale.

Lo dijo con tanta honestidad, clavando sus ojos en los míos, como si necesitara que yo lo creyera, que una parte de mí se conmovió. Lo que él no sabía es que yo no había dudado de que lo mereciera, de lo que dudaba era de que los demás fueran capaces de verlo, capaces de reconocérmelo.

—Y la cosa es que, saber que te lo darían me hizo sentir… aliviado —siguió apartando la mirada. Soltó una pequeña risa amarga—. No te voy a mentir, también me jodió que te cagas, pero luego lo pensé y… Es que el ambiente es horrible en nuestro departamento, y pensar en tener que trabajar todos los días con esa gente…

Torcí el gesto, casi como si me hubiera golpeado.

—¡Por dios, no lo digo por ti! —aclaró con rapidez y cierta exasperación.

—Si ahora vas a intentar convencerme de que es una maravilla trabajar conmigo y que soy un encanto, ni te molestes…

—¿Un encanto? —se rio—. Quizá en el infierno… O al menos conmigo.

—Ves, eso suena más sincero —le concedí.

—Pero ha sido divertido, ¿no? —apuntó correspondiendo mi pequeña sonrisa dudoso—. Admito que a veces lo hemos llevado un poco lejos, pero…

—Ha sido divertido —admití.

Y es que, nuestros rifirrafes y enfrentamientos se habían convertido en el punto álgido de cada día, de una manera extraña, quizá bastante triste por mi parte.

—No has dicho nada del beso… —susurró de pronto.

—¿Estás buscando halagos…? —pregunté divertida.

—En realidad, buscaba repetirlo…

Le miré sorprendida, y confundida también, mientras él se acercaba despacio, casi como si estuviera valorando mi reacción. ¿Qué coño estaba pasando? Sentía como si estuviera cambiando todo el tiempo de ritmo y de emoción, en un instante me provocaba, en otro me consolaba y… Dios, me sentía tan confundida por todo que no podía evitar ponerme a la defensiva.

—¿Temes que te saque los ojos si lo intentas…?

Alcé mi mano mostrando mis uñas de nuevo y recordando como había empezado toda aquella extraña conversación. Sin embargo, lejos de asustarse, tomó mi mano entre las suyas en un gesto delicado y luego deslizó una de ellas por mi brazo en una pequeña caricia que terminó con él jugando con uno de los mechones de mi pelo. Dios, que bien se le daba esto.

—Creo que estoy dispuesto a arriesgarme…

Se inclinó hacia mí despacio, como si aguardara a que en cualquier momento le empujara, o le sacara los ojos con las uñas tal y como le había dicho, quizá porque sabía que aquella tensión era maravillosa. Pero esta vez, no esperé a que él se acercara del todo, sino que me alcé sobre la punta de mis pies una vez más, entrelacé mis brazos tras su cuello y encontré mis labios con los suyos.

Aquello era una locura, una locura excitante y provocadora, pero una locura, al fin y al cabo. Por dios, si nos llevábamos fatal, creo que incluso habíamos estado a punto de matarnos una vez —eso es otra historia—, y todo eso sin contar con el hecho de que todo el mundo sabía que Hugo cambiaba más de chica que de ropa interior. Aun así, cuando sus brazos se entrelazaron en mi cintura y me apretaron contra él, tome su labio inferior entre mis dientes solo para hacerlo rabiar y el gruñido que escapó de su garganta me hizo reír sin dejar de besarnos.

Y nos perdimos en nosotros, sin importar las peleas, ni las rivalidades, sin importar el trabajo, ni aquel horrible ascensor, como si no hubiera nada más que nosotros dos y lo que fuera que estábamos sintiendo, sin planes ni remordimientos.

Hasta que el ascensor se sacudió de nuevo y las luces se encendieron de pronto, haciendo que el hechizo extraño que nos absorbía desapareciera y nos separáramos de repente. O quizá fui yo quien se alejó. Solo sé que antes de que me diera cuenta la puerta del ascensor se abría frente a la recepción, sin que yo hubiera tenido tiempo apenas para nada más que arreglar mi pelo, mi ropa y coger la caja que había dejado olvidada en un rincón todo ese tiempo.

—¡Ale! ¡Hugo! Menos mal que hemos podido arreglarlo… —habló Carlos en cuanto nos vio—. He intentado llamaros, pero se ve que no se oía nada. ¿Estáis bien?

—Todo bien, no te preocupes —le sonreí saliendo del ascensor antes de agradecerle a él y a los hombres que estaban junto a él y que deduje que serían los técnicos.

—Que tenga que pasarte esto justo hoy —murmuró mientras comenzaba a caminar junto a mí hacia la salida—. ¿Necesitas que te pida un taxi o algo?

No sabía bien qué hora era, pero el sol ya parecía haberse puesto y el aire frío de la calle que entraba por las enormes puertas del edificio me hizo estremecerme. Había estado tan confusa esta mañana que no había traído abrigo siquiera, y estaba claro que aquello había sido un error, pero tampoco había esperado que se me hiciera de noche.

—No hace falta —le tranquilicé aun así, antes de inclinarme para darle un abrazo lo mejor que pude sujetando aquella caja—. Ha sido un placer, Carlos, espero que vaya todo bien.

—Mucha suerte, Ale, aunque ya se que no la necesitas.

Asentí sin dudar y me giré para caminar hacia la salida apresurada. Solo quería salir de allí, irme ya. Y no importaba que hiciera un frío horrible o que al parecer hubiera llovido o algo porque el suelo estaba mojado y casi me hacía resbalar. Necesitaba irme ya, porque en el momento en el que se habían abierto las puertas de ese ascensor había sido como si el aire frío me diera una bofetada de realidad.

—¿Y te vas así, sin más? —bramó Hugo a mi espalda apresurándose tras de mí.

Siempre había odiado aquella enorme entrada faraónica que te hacía sentir diminuto antes de llegar a la puerta, pero cuando Hugo me alcanzó la detesté más que nunca.

—Te despides de Carlos, ¡incluso le das un abrazo! —se rio agriamente caminando a mi lado—. ¿Y a mí ni si quiera me vas a decir adiós? ¿Va en serio, Ale? ¡Ale!

Me detuvo cogiéndome del brazo y girándome hacia él, en un gesto que no hubiera sido tan brusco si no fuera porque yo andaba demasiado rápido y tan ofuscada en mis propios pensamientos que la caja que sostenía cayó a mis pies como un bloque, golpeando el suelo con fuerza.

—Mierda, Ale… perdona —murmuró él agachándose para recogerla.

No dije nada. El nudo en mi garganta era demasiado grande para dejarme hablar. Solo me quedé allí de pie, alzando las manos para cubrir mi rostro en un patético intento de esconderme. ¿Qué mierda me pasaba? Se suponía que iba a esperar a llegar a casa antes de echarme a llorar, claro que había esperado llegar a casa mucho antes.

—¿Ale…? —me llamó Hugo sorprendido frente a mí—. Oh, Ale…

Dejé que me abrazara, quizá porque lo necesitaba demasiado, y por un momento me permití llorar en silencio contra su pecho mientras me consolaba con una mínima caricia en mi pelo. Aquel prometía ser uno de los días más extraños de mi vida, y Hugo no hacía más que confundirme, pero tampoco era tan tonta como para no tomar lo que necesitaba.

Sin embargo, y aunque ya no creía en ningún caso que fuera a usarlo en mi contra, mostrarme vulnerable no entraba en mi manual. Así que, en cuanto me sentí un poco más recompuesta me alejé y limpié las lágrimas de mi rostro con rapidez.

—Esto no ha pasado —dije mirándolo con contundencia.

—Seamos sinceros, nadie lo creería aunque lo contara…

—Los dos sabemos que el lunes seré la comidilla de toda la empresa —mascullé molesta.

—¿Y qué más da? Tú sabes lo que ha pasado, y la gente que importa sabrá lo que ha pasado.

Lo dijo con tanta rotundidad, con tanta serenidad, que no pude evitar dejarme contagiar un poco. Y entonces, la pregunta que había tenido revoloteando por mi cabeza todo el tiempo escapó de entre mis labios sin poder contenerla.

—¿Por qué estás siendo así conmigo…? No te entiendo, yo… —solté una pequeña risa amarga—. He sido horrible contigo, realmente disfrutaba sacándote de quicio.

—No hables en pasado de algo que aún haces —bromeó quitándole hierro al asunto. Luego suspiró, lanzándome una mirada velada y torciendo el gesto como si dudara de decir sus próximas palabras—. No eres tan horrible como piensas, ¿sabes? Quizá es que a mí también me gusta hacerte rabiar, quizá es que te tengo todo el día metida en mi jodida cabeza y que al parecer soy tan masoca que casi busco que vengas a molestarme. O quizá es que me jode pensar que esto se ha acabado.

—¿Quizá…?

Él me miró en silencio, tan tenso, que casi parecía como si me estuviera esforzando por hacerle rabiar, pero yo estaba tan confundida, por sus palabras y porque, tenía que admitirlo, una parte de mí se sentía encantada de escuchar aquello. Era esa parte que siempre le buscaba también, que encontraba excusas para acercarse a su mesa y que no podía evitar entristecerse cuando él no estaba en la oficina. Sin embargo, no sabía si sería capaz de dejar hablar a esa parte de mí.

—¿Por qué no vamos a tomar un café? —preguntó de pronto—. Te vendrá bien.

—Ya has quedado con otra, ¿recuerdas?

—Eso ya está cancelado… —respondió con una pequeña sonrisa.

—¿Y la cita para cenar…? —insistí.

—No tenía ninguna cita para cenar —bufó una risa—, pero la cancelaría igual…

—¿No tienes miedo de que acabe sacándote los ojos con las uñas? —bromeé un poco nerviosa.

El me miró por un momento, con una sonrisa tierna que jamás había visto en sus labios, quizá porque estaba notando que mis muros empezaban a flaquear, quizá porque sabía que mi actitud defensiva era fruto de los nervios.

—¿Sabes…? —habló en apenas un susurro acercándose a mí—. Estaría dispuesto a arriesgarme, si tú estuvieras dispuesta a confiar.

Me perdí en su mirada, y de alguna manera pude ver la sinceridad de sus palabras en ella. Sin embargo, yo no tenía forma de contestar a aquello, no ahora, no hoy, no cuando todo parecía tambalearse y yo me sentía tan desesperada por cualquier cosa, porque aquello no sería justo, ¿no? Pero tampoco podía simplemente irme, dejarle allí después de que él hubiera sido tan honesto, de que hubiera tomado el riesgo.

Inspiré mirando a la calle junto a nosotros donde los coches pasaban sin cesar y luego le dediqué una sonrisa. ¿Quién hubiera esperado que fuera a él a quien no quisiera decirle adiós?

Posé una mano en su mejilla, y tomé sus labios con los míos en un beso tierno que no sé a quién de los dos sorprendió más.

—Gracias… —susurré al separarme—. De verdad.

—¿Eso es un sí?

—No… —le sonreí con todo el cansancio y la tristeza de aquel día—. Hoy no.

Él me miró un instante como si tratara de entender todo el mensaje oculto en mis palabras, si se trataba de una burla más o iba realmente en serio. Y algo encontró en mis ojos porque, lejos de molestarse, asintió.

—Vale…

—Tengo que irme a casa —me expliqué no sé muy bien por qué.

Y no esperé más, me agaché para recoger una vez más mi caja olvidada y caminé hasta el borde de la calle haciendo un gesto para detener a un taxi en cuanto vi uno libre. Abrí la puerta, metí mis cosas y justo antes de entrar me detuve. ¿Por qué estaba huyendo? ¿Y desde cuando era yo de las que huía?

Me giré buscándolo. Hugo no se había movido ni un centímetro y me miraba, con las manos en los bolsillos y gesto tenso.

—¿Qué te parece si quedamos a cenar mañana? —le grité.

Y mis palabras le dejaron en silencio un instante en el que me miró con cierta sorpresa antes de soltar una enorme carcajada mientras negaba con la cabeza. Los dos teníamos clarísimo lo que estaba haciendo, y aunque en este caso no había sido a propósito, debía reconocer que me encantaba hacerle rabiar y, sobre todo, me encantaba controlar la situación.

—Te escribiré para fijar la hora —contestó de igual forma.

—Quizá te escriba yo primero.

—Ya veremos —contestó con una risa de nuevo.

No esperé más, me metí en el taxi, indiqué la dirección y por un segundo simplemente apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. El día había acabado, pero el mundo seguía en pie a mi alrededor y, lejos de lo que había creído, no me sentía por completo derrotada.

Saqué mi móvil para escribirle en primer lugar, pero cuando lo hice, su mensaje ya estaba ahí, con una hora, un lugar y… ¿cómo había tenido tiempo de reservar? Miré la hora en la que se había hecho la reserva y apenas había pasado un minuto, por lo que no era una que tuviera de antes.

Negué con la cabeza, me habría opuesto a su decisión si no fuera porque los dos sabíamos que me encantada el sushi. Y finalmente, sonreí, aquello iba a ser una guerra, lo sabía, pero por una vez parecía que ambos podíamos ganar. Y si no, al menos sería divertido.

↠ Imagen de cottonbro studio

2 respuestas a “El ascensor”

  1. Avatar de ☕Manu sin más ☕
    ☕Manu sin más ☕

    Sencillamente maravilloso. Me ha encantado

    Le gusta a 1 persona

    1. Avatar de Aira Serra

      ¡Muchas gracias! 🥰

      Le gusta a 1 persona

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