Cena de empresa

Cena de empresa

Raquel. Finales de noviembre…

—Mierda… —mascullé cuando el tacón de uno de mis zapatos se enganchó una vez más en la junta de los adoquines.

Llegaba tarde, tardísimo en realidad, y odiaba llegar tarde, sobre todo cuando no podía culpar a nadie más que a mí misma. Me había vestido a conciencia aquella mañana para no tener que pasar por casa después de la oficina y poder ir directamente a la cena, porque sabía que si tenía que pasar por casa llegaría tarde. No había contado con tropezar con mis propios pies y echarme encima todo un café mocca con doble de nata y canela que, para más inri, estaba ardiendo.

Así que estaba enfadada, porque me había quemado, había tirado un café carísimo que realmente me apetecía y no me había podido tomar, y había tenido que ir a casa a cambiarme de ropa y ducharme antes de correr al restaurante, y todo para ir a una cena a la que ni siquiera me apetecía ir.

La cena de empresa. Una cena que hacía la empresa todos los años a finales de noviembre, después de una emocionante semana repleta de conferencias y actividades para inspirar el espíritu corporativo de la empresa —o matarnos del aburrimiento, no lo tenía muy claro—. El broche final a toda la semana que, ya que estaban, hacía también de cena de navidad.

Solía ser un evento que empezaba aburrido para todos y acababa algo vergonzoso para algunos, y era algo así como semiobligatorio, podías escaquearte, pero te hacían sentir un poco como que «no cumplías con el espíritu», así que no me sorprendió nada que el local estuviera repleto cuando llegué por fin al restaurante.

La empresa había reservado toda la zona del bar de un gran hotel en el centro para hacer un cóctel a modo de cena, esperando que la gente se mezclara y surgieran sinergias o algo así, aunque no parecía haber funcionado mucho, porque todo el local era una sucesión de corrillos que se agrupaban en torno a la barra y algunas mesas altas que había por allí.

Vi a Paula acercarse a la barra y casi suspiré con alivio mientras me acercaba.

—Un agua, por favor —pidió inclinándose sobre la barra aún sin verme.

—¿Agua? ¿En serio?

La mirada que me lanzó fue de puro alivio y en apenas un segundo estaba dándome un gran abrazo.

—Menos mal que has venido, de verdad —murmuró antes de girarse de nuevo hacia la barra—. Olvida el agua, ¿nos pones dos copas de vino, por favor?

—Te dije que vendría, solo tenía que pasarme por casa para cambiarme —le sonreí.

—Estás fantástica —respondió mirándome de arriba abajo.

Me había puesto lo primero que había encontrado, que no había sido sino el vestido que había descartado aquella misma mañana. Un vestido negro de escote cuadrado y ajustado que me había parecido demasiado sexy para una cena de trabajo, pero después del incidente del café aquello había dejado de importar.

Miré a Paula frente a mí, ella también había ido a cambiarse a casa, aunque, gracias a su apartamento inteligentemente situado a apenas unos minutos de la oficina, no había llegado tarde y estaba allí, preciosa en un sencillo suéter negro combinado con esa bonita minifalda étnica repleta de abalorios que tanto me gustaba. Solo ella era capaz de ir adorable y sexy a la vez de esa manera.

Le sonreí, olvidando gran parte de mi mal humor y apreciando la forma en la que parecía resplandecer. Claro que quizá yo también resplandecería si pudiera dormir cuarenta minutos más todos los días antes de ir a trabajar, pensé divertida y no sin cierta envidia.

—Me encanta esa falda —comenté sin poder evitar tocar uno de los abalorios.

—Lo sé —sonrió con cierto deleite orgulloso que me hizo reír.

Movió sus caderas en un pequeño baile hipnótico para presumir de su falda antes de girarse con una soltura que solo creía posible en ella, coger las dos copas de vino que habían servido para nosotras en la barra y ofrecerme una para hacer un rápido brindis. Cuando empezamos a andar para alejarnos de la barra y buscar algún lugar en el local, entrelacé mi brazo con el suyo de forma instintiva y me apoyé en su hombro de manera cariñosa para que solo ella me escuchara.

—Cuéntame, ¿me he perdido algo interesante?

Su cara se tornó en un pequeño mohín entre aburrido y divertido que me pareció encantador.

—Han hecho el sorteo del viaje, le ha tocado a Mateo Alonso…

—Uh… ¡qué casualidad! —murmuré no sin ironía.

—Sí, creo que solo meten las papeletas con sus propios nombres, porque si no, no me lo explico…

—Bueno, tampoco es como si pudieran dárselo a los directivos para hacerles la pelota, no vienen nunca…

—¿Rebajarse a juntarse con la plebe? ¡Ni hablar! —bromeó.

Me reí mientras nos apalancábamos en una pequeña mesa alta que la gente había dejado abandonada en un rincón desde el que se podía ver prácticamente toda la fiesta. Sabía que en verdad deberíamos mezclarnos un poco, que debería ir a saludar a la gente, aunque solo fuera por educación, pero lo cierto es que me encantaba estar allí con Paula riendo y hablando de cualquier tontería.

A veces, me resultaba difícil creer que solo nos conociéramos desde hacía apenas poco más de un año, cuando la habían transferido a mi equipo, porque de alguna manera extraña habíamos conectado hasta tal punto, que ahora me resultaba imposible imaginar nada sin ella. Trabajábamos todo el día juntas y luego pasábamos la mitad del tiempo fuera de la oficina enviándonos mensajes o haciendo planes juntas.

—Venga, ahora cuéntame el cotilleo de verdad —murmuré.

—No llegas lo suficientemente tarde como para que haya pasado nada jugoso…

—Seguro que algo sí… —insistí, porque sabía que le gustaba un poco hacerse de rogar y conocía demasiado bien la sonrisa que se dibujaba en sus labios.

—Sabes que el departamento de contabilidad se ha ido de comida después de la conferencia, ¿no? —susurró de pronto inclinándose hacia mí—. Dicen que Pablo García se ha puesto como una cuba y ha acabado vomitándole encima a Julio.

—¿Qué dices…? —murmuré poniéndome recta y conteniendo la risa—. No sé yo si el hecho de vomitarle precisamente a Julio ha sido accidental.

—Digo yo que puestos a vomitar, vomítale al jefe —se rio con esa risa dulce que solo ella tenía—. La cuestión es que no ha vuelto a aparecer.

—Normal… se habrá puesto peor al darse cuenta de que mañana le toca disculparse con Julio…

—También ha habido una nueva bronca entre Hugo y Ale… pero eso no es novedad.

Resoplé molesta. Lo de aquellos dos empezaba ya a ser un poco cargante, estaban llevando su competitividad demasiado lejos y lo peor era que, seguramente, si hablaran aunque solo fuera por un minuto, se darían cuenta de que, en realidad, tienen más en común de lo que parece, pero por alguna razón extraña era encontrarse y sacar el demonio que tenían dentro. Por suerte para los demás, el resto del tiempo los dos eran capaces de ser muy encantadores a su manera, algo extraño.

—¿Por algo en concreto?

—Ale necesitaba un informe y Hugo obviamente le ha dicho que no —explicó—. Cinco minutos después me lo ha enviado a mí «por si lo necesitaba» —hizo las comillas en el aire.

Negué con la cabeza con cierto aburrimiento porque lo de aquellos dos hacía tiempo que había dejado de ser divertido.

—Hablando del rey de Roma… —murmuró.

—¿Qué es lo que estáis tramando aquí, parejita? —preguntó Hugo mientras se unía a nosotras con una sonrisa.

Era un tío atractivo, guapo y simpático, una combinación peligrosa que él sin duda sabía explotar. Y aunque apreciaba totalmente todas sus aptitudes, por así decirlo, nunca me había sentido atraída por él de esa manera, quizá porque desde el principio lo había visto como un compañero de trabajo y yo era demasiado de compartimentar.

—Paula me estaba poniendo al día.

—¿Habéis oído lo de Pablo…?

—Ay… —se lamentó Paula a mi lado—. Ahora me da bastante pena el pobre.

—Yo creo que ha cumplido un sueño —murmuró Hugo a mi lado antes de darle un trago a su copa—. Es casi como pegarle un puñetazo a tu jefe, pero sin consecuencias legales.

Me reí sin poder evitarlo por su perspectiva.

—¿Tan mal se lleva con Julio? —pregunté—. Nunca he trabajado con él, pero siempre que hemos coincidido ha sido amable y correcto.

—Uff… —suspiró Paula a mi lado y la miré, esperando que contara algo ya que antes solía trabajar en su misma planta—. A ver, es amable y correcto, pero… los tiene a todos siempre super agobiados y en tensión todo el tiempo. Les mete muchos proyectos en el último momento sin pensar en los plazos ni en si el equipo está ya saturado y siempre quiere cambiar un montón de cosas cuando el proyecto está casi cerrado. Y sé que cuando intentan razonar o hablar con él, su respuesta suelen ser frases tontas de motivación, en plan… buscaros la vida.

—Odio cuando hacen eso…

—«No te centres en los problemas, céntrate en las soluciones»—recitó Hugo a mi lado imitando a José, nuestro jefe, y haciéndonos reír.

—¿Creéis que les darán una lista de frases manidas junto con el puesto?

—¿Te imaginas? —me sonrió Paula divertida por la idea.

Y la sonrisa de Paula tenía algo que de alguna manera resultaba contagiosa, siempre tan luminosa y alegre.

—Manual del jefe capullo 2.0 —aportó Hugo.

—Bueno, nosotros tampoco nos podemos quejar —respondió Paula rápidamente—. José es un buenazo.

—Ya, ya, no lo decía por él —se defendió Hugo.

—A veces demasiado buenazo, debería enfrentarse más a Jaime y Gonzalo… —murmuré yo antes de darle un sorbo a mi copa de vino, como no me trajeran comida pronto se me iba a soltar demasiado la lengua.

—¿Para que le despidan? —intervino Hugo con cierta diversión amarga—. Todo el mundo sabe que es mejor no chistarles mucho a esos dos…

—¿Podemos no hablar de trabajo? —rogó Paula con voz lastimosa.

—¿Es que hay algo más de lo que hablar? —bromeé un poco amarga.

—No sé, ¿cuáles son vuestros planes para esta Navidad? —preguntó con una gran sonrisa de nuevo.

Sin embargo, en aquella ocasión la pregunta no me permitió contagiarme de su alegría y no pude evitar torcer el gesto al pensar que aún tenía que llamar a mis padres para decirles que no iba a poder ir a casa por Navidad. La sola idea me daba pavor y, a la vez, me entristecía enormemente,

—Supongo que lo de todos los años —contestó Hugo encogiéndose de hombros—. Iré a casa desde Nochebuena hasta Año nuevo para estar con la familia, además viene mi hermana desde Ámsterdam y me apetece verla, la verdad.

—Claro, parece un buen plan —le sonrió Paula aun cuando su atención parecía completamente fija en mí.

Sabía que se había dado cuenta de mi gesto, siempre se daba cuenta, pero seguramente esperaría a que estuviéramos solas antes de preguntar al respecto o, quizá, con suerte, se olvidaría. Estaba a punto de tratar de dedicarle una sonrisa que la tranquilizara cuando algo me hizo fruncir el ceño. Ale estaba en un rincón junto al pasillo que conducía a otra sala y había algo en su gesto que me dio mala espina.

—¿Qué le pasa a Ale…? —pregunté preocupada por el gesto perdido que parecía tan ajeno a ella.

—Se le habrá roto una uña —murmuró Hugo con cierta malicia sin hacerme mucho caso.

—Lo digo en serio, le pasa algo.

Algo en mi tono llamó su atención y de pronto se puso serio y se giró para buscarla con la mirada. Ella seguía en un rincón, sola, como si se hubiera quedado paralizada por un instante, antes de mirar confusa a su alrededor y empezar a andar hacia la salida con un gesto que casi me hizo pensar que se iba a echar a llorar.

—Voy a hablar con ella —dijo Hugo con una intensidad que me sorprendió, dejando su copa sobre la mesa sin apartar la mirada de Ale.

Y sin más, desapareció para ir tras ella.

—¿Me he perdido algo? —pregunté mirando a Paula confundida.

—¿Lo dices en serio? —respondió antes de echarse a reír divertida— ¡Anda, vamos a bailar!

Quise negarme, en parte porque no me parecía que aquel fuera el mejor lugar para desmadrarse un poco, pero Paula no dejó espacio para ninguna discusión, cogiéndome de la mano y arrastrándome hacia la pista de baile improvisada. No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que quizá mis compañeros también habían bebido un poco de más y que ninguno parecía muy pendiente ya de lo que pasaba a su alrededor.

Así que bailé, bailé con Paula, y me reí e hice un poco el tonto. También puede que robáramos una bandeja repleta de canapés y tomáramos algunas copas de vino de más. Y quizá por eso, cuando cerraron el local dando por terminada la fiesta de la empresa, decidimos unirnos a unos cuantos que querían continuar la noche en un bar cercano. No conocía a nadie más que de vista, pero Paula sí y a nadie parecía importarle ya quien iba ni venía, mientras que yo solo quería pasar más tiempo con ella.

Allí también bailamos un poco y cotilleamos un poco más sobre cosas de la empresa con el grupo al que nos habíamos unido. Hasta que, algo mareada por el vino, rechacé la ronda de chupitos de la que sabía que todos se arrepentirían y me dejé caer en un gran sofá que había en una esquina.

—¿Estás bien? —me preguntó Paula dejándose caer torpemente a mi lado casi encima de mí con una tonta risa alcoholizada.

Le sonreí, colocando mi mano sobre su rodilla en un gesto cariñoso con el que esperaba poder borrar la mueca preocupada que nubló su rostro un segundo, porque todo parecía mejor cuando ella sonreía, y lo cierto es que ni  siquiera estaba tan borracha, sino que era más el cansancio que otra cosa.

—Sí, sí, solo un poco cansada.

—¿Quieres que nos vayamos…? —ofreció sin dudar.

—No, no, solo quería sentarme un momento —contesté con rapidez pues, aun agotada, ella parecía estar pasándolo tan bien que no quería estropearlo—. Puedes seguir bailando.

—Prefiero quedarme aquí contigo —me sonrió de nuevo y la forma en la que dejó caer su cabeza junto a la mía en el respaldo del sofá para mirarme me llenó de calidez—. ¿Por qué te ha puesto triste la pregunta sobre Navidad?

Suspiré.

—Tenía la esperanza de que te hubieras olvidado…

Una pequeña risa suave y encantadora escapó de entre sus labios.

—¿No tenías la esperanza de que no me hubiera dado cuenta?

—¡Que va! No soy tan ilusa —me reí—. Conozco ya bien tu impresionante intuición.

—Deberías saber también que no vas a conseguir que me olvide del tema con halagos.

Suspiré de nuevo.

—No me quedan días para ir a casa por Navidad —admití con una mirada velada—, iba a ir solo para el finde de Nochebuena, pero los trenes están carísimos, los mejores horarios llevan más de un mes agotados y, al final, sería tan poco tiempo y tan caótico que no creo que merezca la pena.

Me encogí de hombros, como si no me importara, aunque la perspectiva de pasar aquella noche sola ya me resultaba deprimente.

—¿Por qué no me habías dicho nada…? —me preguntó en un murmullo apenado.

Estábamos tan cerca para escuchar nuestras voces susurradas sobre la música, que todo lo demás parecía desaparecer.

—No hay nada que puedas hacer…

—Podría haberme quedado contigo.

La miré sorprendida, y en su pequeña sonrisa ladeada encontré una seriedad y una honestidad que no podía terminar de creer.

—Pero, ¿qué dices? —me reí sin tomarla en serio—. ¿Cómo ibas a quedarte conmigo?

No ir a casa, quedarse allí y pasar la Navidad conmigo en vez de con su familia… Sabía que no lo haría realmente, aunque la mera idea por alguna razón me hiciera sonreír.

—¿Y por qué no…?

Su voz, lejos de contagiarse de mi risa, parecía aún más seria y cuando mi mirada buscó la suya la intensidad que encontré en sus ojos y el ceño ligeramente fruncido me dejó confundida.

—Paula… es Navidad… ¿por qué ibas a…?

Fueron sus labios los que acallaron mis palabras, borrando toda distancia entre nosotras y dejándome petrificada hasta tal punto que me olvidé por completo de lo que iba a decir. Fue un beso casto, apenas un encuentro que, aunque efímero, no estuvo yermo de intensidad. Y entonces se apartó, antes de que fuera capaz de reaccionar, dejando el sabor de sus labios sobre los míos y el tenue calor de la mano que había posado en mi mejilla aún sobre mi piel.

La miré, confusa y aturdida, y el miedo y el dolor que encontré en su mirada hizo que algo se me retorciera por dentro. ¿Qué acababa de pasar? ¿Y por qué no era capaz de decir algo?

—Mierda… —susurró alejándose y poniéndose aún más tensa—. Mierda, mierda, mierda, lo siento.

—No, no, Paula… —balbuceé sin saber qué decir—. Yo no…

—Tú no eres gay… lo sé —masculló mientras la veía recoger su bolso y ponerse en pie.

—Paula… yo… no sabía que tú…

Me dedicó la sonrisa más falsa que había visto jamás en sus labios y encontrar sus ojos casi anegados en lágrimas estuvo a punto de forzar las mías.

—Es súper tarde, será mejor que me vaya a casa —soltó como si nada.

—Pero… ibas a venir a mi piso para no volver sola, lo hemos hablado antes —balbuceé aún atrapada en ese estado de medio confusión medio entumecimiento que parecía incapaz de sacudirme.

—He pensado que mejor no —respondió con una risa demasiado amarga—. No te preocupes, hablamos.

Y antes de que pudiera decir nada más para detenerla ya había cogido sus cosas y se había ido despidiéndose apenas con un gesto del resto del grupo. Y yo me quedé ahí, completamente inmóvil, todavía sin comprender qué había pasado, sintiéndome fatal y, a la vez, algo extraña.

Recogí mis cosas y me despedí casi por instinto, sin poder evitar buscarla con la mirada cuando salí a la calle. Pero Paula hacía tiempo que se había ido y aunque la idea de ir tras ella, de plantarme en su apartamento y tratar de hablar con ella se cruzó por mi mente, mis pasos pronto me llevaron rumbo a casa.

Sin embargo, cuando llegué a mi apartamento, el silencio y la oscuridad me sumió aún más en esa sensación de entumecimiento. ¿Cómo no lo había visto venir? Había hablado con ella cada día durante el último año, y eran muy pocos los que no nos habíamos visto.

—¿Raquel…?

La voz de Sara me sacudió de pronto. Ni  siquiera me había dado cuenta de que me había dejado caer en el sofá de la sala, aun con el abrigo puesto y el bolso sobre mi regazo. Miré a Sara frente a mí en pijama antes de mirar rápidamente la hora en mi móvil, sintiéndome fatal al ver que eran casi las cinco.

—Madre mía, Sara, lo siento, ¿te he despertado? —murmuré levantándome para quitarme el abrigo y colgarlo en la percha junto a la entrada que daba directamente al salón.

—No, no te preocupes, he cometido el error de engancharme a un libro esta tarde —suspiró—. Menos mal que mañana no tengo clase —murmuró apoyándose sobre el reposacabezas de uno de los sillones—. La pregunta es qué haces tú, que sí que trabajas mañana, sentada en el sofá como si nada a las cinco de la mañana.

—Nada —contesté con rapidez, pero en vez de dirigirme hacia mi habitación me dejé caer en el sillón frente a ella con un suspiro—. Mierda, es mentira.

—Ya… lo he notado —murmuró un poco insegura—. ¿Ha pasado algo?

—Paula me ha besado —solté sin pensar, antes de sacudir la cabeza confusa—. Nos hemos besado, o no sé…

—Oh… —murmuró poniéndose recta antes de caminar despacio para sentarse—. ¿Y…?

—No lo sé, yo… —me detuve sin saber qué decir y sintiendo que el nudo en mi garganta presionaba demasiado. Parpadeé sorprendida por las ganas de llorar, antes de susurrar—. No me lo esperaba…

—Puedo ver eso, pero ¿es algo malo? —preguntó con una calma que envidié.

Y luego la escuché. ¿Era algo malo? Me había pillado desprevenida, eso sin duda, porque al parecer era una completa obtusa cuando se trataba de ver los sentimientos de los demás, pero aquel mínimo encuentro que apenas podía ser llamado beso no se había sentido mal y quizá había sido eso lo que más me había asustado.

—Es solo… No lo he visto venir…

—¿En serio? —preguntó divertida.

—¿Tú lo sabías?

—¿El qué exactamente? ¿Qué Paula sentía algo por ti o que tú sentías algo por ella?

Dios, ¿realmente era tan obvio? Yo apenas me estaba dando cuenta de ello y todo el mundo a nuestro alrededor ya parecía saberlo. De pronto, no podía dejar de pensar en la forma en la que Hugo nos llamaba parejita a cada oportunidad o en la que todos parecían siempre presuponer que preferíamos estar solo nosotras… ¿cómo podía no haber notado todo aquello?

—¿Es porque es una mujer…?

Su voz, dudosa, me sacó de nuevo de mis pensamientos. No había visto la forma en la que toda diversión desaparecía de su rostro ni como su gesto se tornaba serio y preocupado, pero ahora todo estaba allí, como si de pronto se diera cuenta de cuan perdida me sentía.

—¿Qué?

—No me había dado cuenta de que estabas tan agobiada. No te lo tomes a mal, ¿vale? —habló apresurada—. No lo digo en mal plan, ni sugiero que esté mal ni mucho menos, lo sabes… Es solo… Nos conocemos hace años y nunca me has dicho nada de una mujer, pero como siempre sueles ser tan privada con tus cosas pensé que simplemente no querías hablar del tema aún, o quizá lo estoy confundiendo todo, no sé…

No pude más que mirarla, sin saber muy bien qué decir y, por primera vez, que ella también dudara me hizo verlo todo un poco más claro. ¿Cómo no había notado la manera en la que su sonrisa siempre hacía surgir la mía, la forma en la que quería compartirlo todo con ella y la buscaba cada vez que entraba en una habitación o el estúpido revoltijo en el que se convertía mi pecho de solo pensar en ella como en este instante? Porque ahora parecía demasiado obvio y la mera idea de que quizá mañana Paula me rehuyera me destrozaba.

—Yo… Ni  siquiera sé… ¿No es un poco tarde para esto…? —susurré perdida en mi propia cabeza más al aire que a ella.

—Bueno, son más de las cinco ya, para algunos es temprano —trató de bromear de nuevo, pero yo me sentía tan confundida que parecía incapaz de reír.

—Lo digo en serio, Sara, ¿no soy demasiado mayor para…?

—¿…Enamorarte? —terminó la frase por mí en un susurro dedicándome una pequeña sonrisa—. Creo que no es conmigo con quien deberías hablar.

Y entonces me reí, una risa amarga y un tanto nerviosa que ni yo misma reconocí.

—¿Para decirle qué? ¿Que no tengo ni idea de qué decir?

—Bueno, sería un comienzo…

Me levanté del sofá nerviosa, agotada y, a la vez, necesitando hacer algo, moverme.

—No puedo simplemente decirle que quizá me siento así, quizá no, que no sé lo que siento ni lo que no siento y que estoy confundida —balbuceé—. No puedo hacerle eso, no se merece eso.

—Nadie ha dicho que tengas que decirle algo ya, ni que tengas que decirle nada en concreto… Si necesitas tiempo…

—¿Y qué se supone que hago? —pregunté enfadada—. ¿Finjo que no ha pasado nada? ¿La ignoro?

Su gesto se torció.

—No creo que merezca eso tampoco…

—¿Se puede saber qué coño hacéis? Son las putas cinco de la mañana —bramó Lucía saliendo de su habitación aún medio dormida.

Me sentí fatal una vez más, por despertarla, por gritarle a Sara, por pensar  siquiera en hacerle el vacío a Paula…

—Lo siento mucho, Lu —me disculpé—. Ya paramos, de verdad.

—Joder, más os vale, me va a sonar el despertador en poco más de una hora y quiero dormir —se quejó mientras cerraba de nuevo la puerta de su cuarto.

—Creo que será mejor que me vaya yo también a dormir —suspiré esquivando su mirada y recogiendo mis cosas—. Siento haberme puesto así…

—Raquel…

—No, en serio, perdona —insistí mientras rodeaba su sillón para ir hacia las habitaciones—. Sé que solo tratabas de ayudar.

—Raquel, escúchame un momento —me pidió levantándose antes de que me fuera—. Solo una cosa, ¿vale? Puedes sentirte como sea que te sientas, no hay nada de malo en ello, ni debes sentirte culpable por ello ¿está claro?

Me quedé mirándola un momento, porque sabía que aquello solo era una manera de darme su apoyo incondicional y me conmovió. Habíamos sido amigas desde que empezamos la universidad, a veces más cercanas, otras más distantes incluso aunque compartiéramos apartamento, pero en aquel instante, solo podía sentirme afortunada por ello.

—Gracias…

—Sabes que puedes hablar conmigo —susurró posando su mano sobre mi brazo en un gesto cariñoso—. Y cuando estés lista, estoy segura de que podrás hablar con Paula.

Asentí, un poco dudosa, y me giré para ir hacia mi cuarto sin decir nada, pero antes de llegar a la puerta me detuve.

—¿Por qué estabas tan segura de que sentíamos algo la una por la otra?

Sara dudó, moviéndose sobre sus pies a apenas unos pasos de su habitación y luego me dedicó una pequeña sonrisa.

—Por la forma en la que sonríes cuando estás con ella, cómo hablas de ella… No sé —se encogió de hombros su sonrisa volviéndose tierna en sus labios—. Y ella te mira… Por eso sé que puedes hablar con ella, por cómo te mira.

Suspiré.

—Creo que deberíamos dormir —susurré sin saber qué más decir.

Y las dos desaparecimos tras la puerta de nuestros cuartos, pero en vez de dormir tal y como había dicho, cuando por fin me metí en la cama tras ponerme el pijama, busqué por instinto mi móvil y me encontré con una notificación de ella.

Paula: Ya en casa. Siento lo que ha pasado. Olvidémoslo.

El mensaje estaba ahí y desde hacía tanto tiempo que quizá ya ni  siquiera esperaba una respuesta. Lo malo era que yo tampoco sabía qué responder, y como no sabía que escribir, decidí leer, y leer, y leer todas nuestras conversaciones.

Horas y horas de palabras, todos los días durante los últimos meses. Algunas conversaciones que no tenía ni que leerlas para recordarlas, otras que no sabía cómo las había podido olvidar, pero estaba todo ahí, conversaciones tontas, serias, profundas y superficiales. Desde los primeros y tímidos acercamientos a lo que ahora reconocía como un flirteo en toda regla y, la verdad, no muy sutil.

Estaba todo ahí, una relación extraña que ni sabía que había forjado y que, sin embargo, estaba segura de no querer perder. No ahora, que parecía tan especial…

Miré nuestras fotos, cientos de fotos haciendo el tonto cuando quedábamos para cenar o tomar un café, las fotos que ella me enviaba, haciendo payasadas o justo al despertar por las mañanas para burlarse de mí por tener que madrugar más. Dios, incluso podía recordar no dejar de pensar en lo sexy que le quedaba el vestido que se puso en Halloween, cuando había salido de fiesta con mis amigos.

No sé cuándo me quedé dormida, quizá entre alguna conversación de finales de junio, principios de julio, cuando bromeábamos sobre fugarnos a alguna isla en el caribe y montar un chiringuito, pero el sonido del despertador me trajo de vuelta al invierno madrileño en lo que parecieron apenas unos minutos.

Era temprano, demasiado quizá, pero por mucho que nos permitieran ir al trabajo más tarde aquel día después de la cena, sentía que necesitaba ir temprano, estar allí cuanto antes. Así que me levanté, me limpié los restos de maquillaje de la noche anterior y volví a maquillarme de forma sencilla intentando disimular que apenas había dormido un par de horas.

Me puse mi vestido rojo de lana, en parte porque sabía que a Paula le encantaba y porque lo había comprado con ella. Un gesto tonto, lo sé, pero de alguna manera sentía que lo necesitaba, aunque no entendiera del todo por qué me reconfortaba.

Hice todo el viaje a la oficina nerviosa, sintiéndome extraña y a la vez ilusionada, y como no podía ser de otra forma, la empresa estaba prácticamente vacía cuando llegué. En realidad, me sorprendió ver a Hugo ya allí, prácticamente solo en medio de la planta y tecleando con tanta fuerza en el teclado que cualquiera podría pensar que le había hecho algo.

—Se me había olvidado que aún estáis batallando por ese ascenso —le saludé con una sonrisa que se sintió tirante en mis labios—. Anímate un poco, parece que has llegado tú primero hoy.

Hugo apenas me lanzó una mirada seria antes de volver a escribir.

—Alejandra ya estaba aquí cuando he llegado, ha subido al despacho de Jaime… Supongo que lo harán oficial pronto —masculló.

—Bueno… —murmuré dudosa sin saber qué decirle, hasta que me acordé de algo— ¿Conseguiste hablar con ella ayer?

—No —refunfuñó volviendo a centrarse en su ordenador—. Parece que igual que tiene la habilidad para aparecer en los momentos más inoportunos, también la tiene para desaparecer.

—Ya… Creo que voy a ver si me quito algunos emails atrasados.

—Vale.

Me alejé y me senté decidiendo aprovechar aquel momento de calma en la empresa para quitarme de encima tareas atrasadas después de toda una semana de reuniones y conferencias. Lo cierto es que no sabía muy bien en qué estaban pensando cuando pusieron la cena un jueves. Seguramente había tanta diferencia de precio entre reservar el sitio para el coctel un jueves en vez de un viernes que les había dado igual saber que apenas nadie trabajaría ese día, o quizá les diera un poco igual sabiendo que lo compensaríamos a la semana siguiente con inevitables horas extra para conseguir llegar a las fechas de cierre.

Decidí que poco importaba, porque yo estaba allí igualmente, y encendí mi ordenador dispuesta a quitarme todo el trabajo atrasado posible antes de la hora de la comida. Sin embargo, y por más que lo intentaba, era incapaz de concentrarme, desviando la mirada al pasillo cada vez que alguien pasaba esperando ver a Paula.

No le había contestado el mensaje, no le había contestado porque no sabía qué decir y porque necesitaba verla, hablar con ella de verdad. Y ahora no dejaba de pensar que había sido un error. Tendría que haberle dicho algo, lo que fuera, incluso aunque no tenía ni idea de qué decir, porque tenía sus palabras grabadas en mi cabeza: «Siento lo que ha pasado. Olvidémoslo». ¿Estaría ella también rumiándolas sin parar?

El ascensor sonó de nuevo deteniéndose en nuestra planta para decepcionarme una vez más y hacerme soltar un suspiro.

—Vale, suficiente —habló Hugo de repente arrastrando su silla hasta mi mesa—. ¿Qué ha pasado?

Le miré sorprendida y confundida a partes iguales.

—¿Qué dices?

—Digo que es la quinta vez que suspiras porque alguien sale de ese ascensor, o quizá porque no sale quien tú esperas…

—¿De qué hablas? —traté de disimular mientras volvía a concentrarme en mi pantalla esperando que dejara el tema.

—¿Os habéis peleado? —preguntó en voz baja acercándose un poco más.

—¿Por qué piensas eso?

—Pues porque estás aquí con gesto triste sin dejar de mirar a la puerta y porque Paula me acaba de escribir diciendo que no viene porque no se encuentra bien.

—¿No se encuentra bien? —pregunté preocupada mirándole de nuevo.

—Lo importante es por qué me escribe a mí y no a ti, como hace siempre —señaló en voz baja con el ceño fruncido—. ¿Está todo bien?

—Vamos a solucionarlo —respondí aun cuando ni  siquiera yo estaba muy segura de ello.

Me giré de nuevo hacia mi ordenador intentando hacer como si no fuera nada aun cuando sentía el nudo en mi pecho crecer. «Siento lo que ha pasado. Olvidémoslo», volví a escuchar en mi cabeza con su voz, aunque nunca lo hubiera pronunciado. Era como un pequeño mantra tortuoso, que por mucho que lo intentara, no me dejaba pensar en nada más.

—Ey… —me llamó de nuevo después de un momento en silencio en el que apenas conseguí fingir que trabajaba—. Si quieres ir a hablar con ella, yo te cubro.

—¿En serio? —pregunté insegura, más porque no estaba segura de si ir que porque dudara de su ofrecimiento.

—No creo que nadie pregunte hoy, pero si lo hiciera, se me ocurrirá algo —prometió dedicándome un pequeño guiño antes de volver a su mesa.

Me quedé unos segundos más allí, quieta en silencio, y luego volví a recordarlo, el estúpido mantra al que aún no había respondido: «Siento lo que ha pasado. Olvidémoslo». Odiaba llegar tarde, y en aquel momento, tenía la sensación de que llegaba más tarde que nunca.

Me levanté torpemente, recogí mi bolso y me apresuré a la salida sin pensar, porque tenía la sensación de que ya lo había pensado todo demasiado, aun cuando seguro me faltaban mil vueltas más por darle. Y antes de que me diera cuenta estaba frente a la puerta de su apartamento después de que la simpática señora del segundo, que ya conocía de todas las veces que había estado allí, me dejara entrar en el edificio.

No llamé al timbre, sino que di unos suaves golpes sobre la puerta sabiendo que, sin importar en que lugar de su diminuto apartamento estuviera, Paula lo escucharía. Del mismo modo que yo la escuché acercarse a la puerta y detenerse.

—Paula… —susurré triste al ver que no abría.

Y cuando pensaba que simplemente me dejaría esperando hasta que me cansara y me fuera, la puerta se abrió de golpe. Estaba allí, frente a mí, después de apenas unas horas que se habían sentido como un siglo, y la sonrisa que lucía su rostro, demasiado tensa y forzada, chirriaba por completo con el resto de su aspecto.

Estaba en pijama, casi como si la acabara de sacar de la cama. Un pijama navideño como correspondía siendo uno de diciembre. Su pelo en un moño desecho y los restos de su maquillaje y de una noche difícil grabados en su rostro. Era un auténtico desastre que la sonrisa fingida en sus labios no conseguía disimular y, aun así, estaba preciosa. O al menos a mí, así me lo parecía.

—¡Raquel, hola! No hacía falta que vinieras —empezó a hablar con un tono alegre discordante—. Le he escrito a Hugo para decirle que me encontraba regular, ya sabes, demasiado alcohol anoche… —soltó una pequeña risa desafinada antes de seguir excusándose.

Sabía lo que estaba haciendo, intentaba actuar como si nada hubiera pasado, como si la noche anterior no hubiera existido, pero en vez de hacerme pasar como hubiera hecho normalmente, seguía ahí petrificada frente a la puerta impidiéndome entrar, dejándome fuera.

«Siento lo que ha pasado. Olvidémoslo», escuché en mi cabeza sobre todo el discurso confuso que ella estaba soltando, y en ese instante pareció todo más claro. Di apenas un paso, tomé su rostro entre mis manos y en menos de un suspiro mis labios estaban sobre los suyos, deteniendo sus palabras, ya no en un beso casto e inocente, sino en un beso mucho más profundo, repleto de sentimientos que aún debía aprender a cómo expresar.

Y aunque ella pareció quedarse petrificada un instante, no dudó en corresponderme con un suspiro tembloroso escapando de sus labios antes de abrazarme con una fuerza que me sorprendió. Cuando me aparté, y mis ojos se perdieron en los suyos y en la mezcla huracanada de sentimientos que en ellos parecían esconderse, como si de un reflejo extraño de los míos propios se tratase, todo pareció un poco más claro o, al menos, no me sentí tan sola en medio de mi propio caos. Y aunque tarde, contesté:

—No quiero olvidarlo.

↠ Imagen de halayalex en Freepik

2 respuestas a “Cena de empresa”

  1. Avatar de Lola
    Lola

    Me ha encantado!!! Un relato donde lo inesperado y los sentimientos se expresan con una frescura que te engancha, y el final es genial.

    Le gusta a 1 persona

    1. Avatar de Aira Serra

      ¡Muchas gracias! ♥️

      Me gusta

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