El reencuentro

El reencuentro

Anna. Principios de septiembre…

¿Qué estaba haciendo allí? Era la única pregunta que pasaba por mi mente desde que había decidido sentarme en la barra de aquel elegante bar y, sin embargo, el tiempo pasaba y no me levantaba. Debería ir a casa, dormir, quizá hincharme a helado primero y luego dormir, dormir para poder aguantar el día de mañana. Cerré los ojos un instante. Ojalá fuera ya viernes.

Miré la copa frente a mí y suspiré, por qué me la había pedido seguía siendo un misterio para mí, casi tanto como la razón que me había llevaba a sentarme ahí. Pero lo cierto es que aquella copa costaba nada más y nada menos que veinticinco euros, lo que, teniendo en cuenta las horas que había echado el mes pasado y mi sueldo, equivalía a casi cinco horas de mi trabajo… ¡Dios! ¿Cómo podía ser tan estúpida? Ni si quiera había cenado, pero me negaba a dejar cinco horas de trabajo ahí, como si nada, y ya me la iban a cobrar igual.

—¿Anna…?

Me giré sorprendida al escuchar mi nombre, temiendo por un momento encontrarme con algún compañero de trabajo.

—¿Lucas? —murmuré sin poder creerme que fuera él quien estuviera frente a mí—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Me había levantado como un resorte sin poder contenerme, lanzándome a sus brazos en un abrazo que no sé a quién de los dos sorprendió más mientras una sonrisa se dibujaba en mis labios sin remedio.

Le vi encogerse de hombros con sus labios curvados casi como si se hubieran contagiado de los míos.

—Estoy pasando unas semanas en Madrid antes de que empiece la temporada —se explicó metiendo las manos en sus bolsillos en un gesto que llevaba siglos sin ver, pero reconocí al instante—. En realidad, es mi última noche.

—Dios… no te veía desde el instituto —susurré a la vez que echaba mi pelo a un lado peinándolo con los dedos.

No pude dejar de admirar lo bien que lo había tratado la última década, seguía teniendo aquella sonrisa arrebatadora siempre presente en sus labios, aunque ahora una corta barba llenaba su semblante y su pelo, que parecía haberle crecido un poco, se desdibujaba en suaves hondas que no pude evitar envidiar. Supe que el deporte aún seguía siendo una parte importante de su vida solo con un vistazo, llevaba unos vaqueros con una camiseta negra de manga corta con la que era muy difícil no apreciar sus brazos y, aun cuando yo llevaba unos buenos tacones, todavía se alzaba varios centímetros por encima de mí. Sin embargo, fueron sus ojos, de un gris que casi parecía humo y enmarcados por profundas pestañas, los que atraparon mi atención. Siempre fueron sus ojos.

—Casi parece una eternidad —murmuró él también sin dejar de mirarme.

Y lo era, aunque al verle allí casi me sentía transportada a aquel tiempo, a un pueblo en el sur muy lejos de esta enorme ciudad, donde todo el mundo conocía a todo el mundo, y las cosas parecían mucho más sencillas. Encontrarnos era una casualidad casi imposible, un designio inverosímil del azar, que no estaba muy segura a quién había sorprendido más.

—Cuando te he visto no lo podía creer —siguió hablando tras un momento—, lo cierto es que he dudado un poco. Espero que no te importe que haya entrado a saludarte, no lo he podido evitar.

—¡No! Claro que no —le tranquilicé de inmediato aun sin perder la enorme sonrisa que su aparición había puesto en mis labios—. Me alegro de que lo hayas hecho.

—¿Te importa si te hago compañía hasta que venga tu acompañante? —preguntó haciendo un gesto hacia el taburete junto al mío.

Por un instante, solo miré el lugar confundida. Me había situado justo en una de las barras que estaba pegada a la enorme cristalera que daba a la calle y aunque al llegar el bar había estado casi desierto ahora parecía colmado, hasta que solo mi asiento y aquel que había ocupado con mis cosas estaba vacío.

Lo cierto es que no sabía como podía no haberle visto cuando debía haber pasado frente a mí y esperaba que él no hubiera visto mi fiesta de autocompasión desde el exterior. Compuse de nuevo mi sonrisa y quité la chaqueta a juego con mi falda de tubo para dejarle el asiento.

—Por favor, déjame que te invite a una copa —murmuré sin querer dejarle saber qué no había nadie a quien esperar y arreglando un poco mi falda antes de subirme de nuevo al taburete.

Llevaba un conjunto de falda y chaqueta color crema con una blusa negra y tacones altos a juego en lo que casi se había convertido en un uniforme autoimpuesto e incomodísimo de trabajo. No pude evitar arrepentirme de no haber revisado mi maquillaje antes de salir de la oficina, peinando de nuevo mi pelo entre mis dedos.

—No es necesario, pero pediré algo para acompañarte —sonrió sacando su móvil para pedir a través de la app del bar una vez se sentó a mi lado.

—Sigo alucinando con que estés aquí —susurré sin poder evitarlo—. Perdona, si hablo mucho, estoy agotada.

—¿Semana dura?

—¡Meses duros más bien! —me reí sin poder evitarlo—. Pero da igual, ¿qué es de ti? Lo último que sé es que estabas en Canadá.

—Estuve unos años allí, sí —dijo dejando el móvil apartado para mirarme—. Ahora estoy en Boston, me cogieron en el equipo de allí.

—¿Todavía juegas?

—Hockey sobre hielo —dijo mientras una enorme sonrisa se dibujaba entre sus labios antes de dejar escapar una pequeña risa—. Un sueño imposible para alguien que viene de un pueblo donde no nieva nunca.

—Pero tú lo lograste… —susurré mientras una cierta sensación de orgullo me invadía.

No sabía muy bien qué me pasaba. Lucas y yo solo habíamos sido compañeros de clase durante unos cuantos años de instituto, ni si quiera habíamos sido amigos, quizá cercanos porque su hermana melliza era mi mejor amiga desde los seis, pero nunca mucho, en parte porque yo estaba perdida en mis estudios y él en sus entrenamientos.

—Sí… ¿y qué es de ti?

La interrupción de la camarera dejando una enorme copa frente a él me dio un segundo para pensar mi respuesta.

—Pues… estoy trabajando de abogada justo aquí —murmuré haciendo un gesto al enorme edificio frente al bar donde el vistoso logo de luces blancas dejaba poca opción a la equivocación—. Me ofrecieron unas prácticas mientras hacía el máster y antes de que terminara ya me habían contratado.

—Un gran bufete… —murmuró con su mirada perdida en su visión antes de girarse hacia mí—. Parece que tú también has logrado tu sueño.

La sonrisa se volvió algo más tirante en mis labios, aunque la forcé un poco más cuando me giré hacia él sin dejar de esquivar su mirada.

—Sí —susurré antes de dar un sorbo al coctel que tenía olvidado sobre la mesa—. Pero bueno, dime, ¿qué te ha traído a Madrid?

—Sara está viviendo aquí.

—¿De verdad? —pregunté emocionada—. Hace siglos que no hablo con ella…

—Lo sé, ¿por qué no te doy su número para que os pongáis al día? —ofreció cogiendo de nuevo su móvil.

—Ay, me encantaría —dije mientras buscaba el mío en el bolso.

Antes de que me diera cuenta le estaba recitando a él mi número para que me pasara todos los datos de contacto de su hermana. Me estuvo contando un poco de ella. Como había terminado la carrera de Filología en Granada antes de cursar un máster sobre Literatura y finalmente acabar en Madrid para cursar el doctorado de Estudios Literarios. En aquel momento, la idea de ponerme en contacto con ella me parecía maravillosa y esperaba seguir teniendo el valor al día siguiente.

Podía culpar a la pandemia de aquello, pero lo cierto es que había sido mucho antes cuando había empezado a perder el contacto con la gente, a distanciarme de todo el mundo de una forma tan sutil que ni me había dado cuenta hasta que ya parecía tonto tratar de escribir a nadie.

—¿Puedo serte sincero? —me dijo cuando nos quedamos en silencio un momento. Parecía serio de pronto, su mirada fija en mí, y cuando asentí levemente, tomó aire antes de hablar—. Cuando te he visto desde fuera, no sabía si entrar, pero parecías a punto de echarte llorar y no podía… ¿es porque no ha venido?

—¿No ha venido…? —pregunté confundida un instante antes de finalmente darme cuenta—. ¡Ah! Oh…

Aparté la mirada, mientras sentía aquel nudo de antes volver a mi garganta hasta casi asfixiarme. ¿Qué podía decirle? No estaba segura de qué era peor, si que un chico imaginario me hubiera dejado colgada o que estuviera allí, un jueves por la noche, en medio de una crisis de autocompasión.

—No estaba esperando a nadie… —susurré finalmente mirándole de reojo.

—¿No…?

—Ni si quiera sé muy bien porque estoy aquí…

—¿Va todo bien…? ¿Tu familia está bien…? —preguntó y me sorprendió oírle realmente preocupado.

—Sí, sí, todos están bien —traté de sonreír, porque sabía que aquello no era más que una media verdad—. Esto del COVID ha sido una mierda para todos, pero… mi familia está bien. ¿Los tuyos están…?

—Sí, todos bien —me interrumpió sin necesidad de acabar la frase—. Falleció mi abuelo, pero no por COVID, era muy mayor.

—Lo siento mucho —susurré girándome hacia él para dejar un pequeño apretón en su brazo.

No me había dado cuenta de que había estado esquivando su mirada, perdida en la copa que sujetaba entre mis manos, y cuando lo miré, vi que él estaba completamente girado hacia mí, haciéndome sentir que tenía toda su atención.

Como respuesta a mis palabras, apenas se encogió de hombros y murmuró un pequeño agradecimiento, antes de atrapar de nuevo mis ojos en los suyos sin decir nada. Siempre había tenido unos ojos preciosos, recuerdo que ya me encantaban cuando íbamos al mismo instituto, aunque en aquel momento no les di apenas importancia.

—Nunca fuimos muy cercanos, ¿verdad? —susurró de pronto como si estuviera leyendo mi mente de alguna manera—. Quiero decir, mi hermana casi siempre estaba en tu casa y tú pasabas muchas tardes en la mía, estuvimos mucho tiempo el uno al lado del otro y jamás nos hicimos cercanos.

—Bueno, tampoco es que nos lleváramos mal —bromeé sin poder evitar recordar aquellas tardes en las que habíamos hecho los deberes todos juntos en la misma mesa sin cruzar ni una palabra—. Aunque por tu culpa me pusieron un mote.

—¿Cómo…? ¿Qué mote? —preguntó confundido.

—«Doña Perfecta» —dije con cierto retintín—. Empezaron a llamarme así en segundo, cuando tú ya no estabas, porque al parecer dijiste algo antes de irte…

—Yo no te llamé así —se defendió rápidamente.

Ver como un tenue rubor empezaba a cubrir sus mejillas, no sabía si fruto de la indignación o la vergüenza, me hizo reír divertida.

—Eh, que no pasa nada —le tranquilicé—. Estábamos todos muy agobiados con la Selectividad y debo admitir que debía tocar las narices que yo siempre tuviera las mejores notas.

—No fue eso lo que dije… —susurró de nuevo apartando la mirada y luego habló tan bajo que casi creí que me lo había imaginado—. Dije que eras la chica perfecta…

Sus palabras me hicieron fruncir el ceño confundida.

—¿Y por qué dijiste eso…?

—Bueno, pues porque lo pensaba —se rio antes de mirarme de nuevo—. Vamos, Anna, ¿es que no te acuerdas?

—No… la verdad es que no… —susurré confundida.

—El hockey no es que sea el deporte más popular aquí, nadie me tomaba muy en serio con el tema, pero fuiste tú quien encontró aquella beca en Canadá para que lo intentara antes de la universidad —recordó—. Fuiste tú quien buscó la pista de hielo más cercana para que fuera a practicar.

—Bueno, sabía que te encantaba y que tus padres querían que fueras a la universidad, me pareció que si no lo intentabas a lo grande en ese momento no lo harías nunca —me expliqué sin entender por qué aquello parecía tan importante.

Recordaba el momento al que se refería, había oído una discusión entre sus padres y él mientras hacía los deberes con Sara. Le habían ofrecido unirse a un equipo profesional de la zona, pero sus padres temían que aquello le separara de los estudios cuando estaba a punto de entrar en la universidad.

No sé qué fue lo que me empujó a buscar una oportunidad, un algo que pudiera ayudarle a jugar sin que sus padres pensaran que abandonaba los estudios, pero recuerdo haber dedicado varias tardes a buscar una opción, algo que le permitiera lograr su sueño.

—Ni si quiera éramos amigos, Anna, y una tarde apareciste en mi cuarto con toda aquella información como si nada —habló con una enorme sonrisa divertido por todo aquello.

—Era un momento para soñar a lo grande y ahora entiendo perfectamente por qué tus padres pensaron que era una locura —me reí—. Debieron pensar que, aunque tuvieras que repetir el curso a tu vuelta para hacer la selectividad, estaría bien si te ayudaba a aprender inglés. Viendo como ha salido todo, me alegro muchísimo de haberte dado aquella información.

—Todos pensaron que volvería en menos de un año arrepintiéndome —murmuró—, que me daría cuenta de que podía ser bueno en el hockey aquí, que muy pocos juegan, pero no donde es un deporte nacional. Todos menos tú.

Arrugué un poco la nariz ante sus palabras sin poder contenerme y le miré algo avergonzada.

—Debo admitir que puede que yo también lo pensara un poco… —confesé haciéndole reír.

—¿Y aun así me animaste? —preguntó entre carcajadas.

—Era uno de esos momentos en mi vida en los que pensaba que es mejor arrepentirse de haberlo intentado, que no intentarlo en absoluto —me reí antes de mirarle un poco más tranquila y murmurar—. No sabía que le habías dado tanta importancia.

—Pensé en ti cuando firmé mi primer contrato para la NHL… —admitió—. Me dije que si te volvía a ver te lo agradecería.

—Acepto cheques, efectivo, transferencia y Bizum, si tienes —le dije cómicamente haciéndole reír.

—Me lo apunto —contestó antes de dar un pequeño trago de su copa—. Ahora que ya sabemos que me hiciste uno de los mayores favores de mi vida… ¿por qué no me cuentas qué es lo que pasa? ¿Por qué te he encontrado aquí triste y bebiendo sola?

—Dios… suena incluso más patético que como lo veía en mi cabeza —me lamenté con una pequeña risa que supo amarga en mis labios.

—Ey…

En ese momento, fue entonces él quien colocó su mano sobre mi brazo en un pequeño apretón reconfortante con el que buscaba consolarme. Sin embargo, aquello no hizo sino lograr que mis ojos se llenaran de lágrimas que no quería derramar, no ahora, no allí frente a él.

No me di cuenta de que se había levantado hasta que me envolvió entre sus brazos, dejando que enterrara mi rostro en su pecho por un instante, como si aquellos diez años que llevábamos sin vernos hubieran desaparecido.

—Ya está, ya está —dije separándome un poco y cogiendo una pequeña servilleta para tratar de limpiar las lágrimas que no había llegado a derramar antes de reírme un poco avergonzada—. No quiero llorar.

—No pasa nada si lo haces—me tranquilizó con una sonrisa.

Me había dejado alejarme, pero de alguna manera permanecía cerca, le vi acercar su taburete para sentarse de tal manera que aún me rodeaba, con su brazo derecho sobre la mesa a mi lado.

Le miré, expectante frente a mí, y tomé aire sabiendo que, antes o después, tendría que hablar con alguien. ¿Por qué no con él? Le conocía de toda la vida, aunque lleváramos diez años sin vernos, pero le conocía, y a la vez sabía que posiblemente no le volvería a ver después de aquella noche.

—He ganado un caso… —susurré finalmente mirándole de soslayo con una sonrisa triste.

—¿Y eso es malo…?

—Ha sido por un tecnicismo estúpido, un error de forma… —negué con la cabeza—. Eso no es lo importante, lo importante es que encontré aquel estúpido error hace más de una semana y no he dicho nada hasta esta mañana. ¿Por qué no he dicho nada hasta hoy? —le pregunté mirándole un poco desesperada.

El me miró durante un instante, como si estuviera pensando con mucho cuidado sus próximas palabras, quizá tratando de buscar una respuesta a mi pregunta, casi con seguridad arrepintiéndose de haber entrado al bar a hablar conmigo. Pero entonces alzó su mano, aquella que no me rodeaba, y colocó con sumo cuidado un pequeño mechón de pelo tras mi oreja en un gesto cariñoso que me hizo estremecerme.

—Creo que, si alguien lo sabe, eres tú… nunca has sido precisamente tonta —habló dedicándome una sonrisa triste.

Suspiré, porque lo sabía, lo sabía desde hacía meses, pero no había querido admitirlo, ni si quiera ante mí misma, mucho menos en voz alta. Y no lo había hecho porque cuando lo hiciera, me sentiría obligada a hacer algo en consecuencia.

—Lo odio… lo odio todo —susurré con un hilo de voz apenas estable—. El plan era ir a la universidad, conseguir el título, hacer el máster en el extranjero y conseguir un trabajo en un buen bufete. Ese era el plan y lo he conseguido. ¿Sabes lo difícil que es hoy en día tener un contrato fijo con veintitrés?

—Lo sé —susurró como si no quisiera interrumpirme.

—Pues yo lo logré. Y todo el mundo está super orgulloso y todo el mundo está super contento y no dejan de repetirme lo muy afortunada que soy, la suerte que tengo y yo… —Negué con la cabeza, sin saber si quiera muy bien cómo me sentía—. No sé cuándo me di cuenta de que odiaba mi trabajo, no es que me aburra o me dé pereza hacer ciertas cosas, es que lo odio, la mitad de los casos en los que participo me parecen… Quería perder, aunque eso me trajera problemas. Quería perder porque me parecía que era lo correcto.

Me quedé en silencio tratando de asimilar mis propias palabras. Había tantos detalles, tantos matices que no sabía aún como expresar. En realidad, no creía que perder un caso a propósito fuera lo correcto, lo correcto era siempre dar lo mejor de ti por tu cliente, pelear el caso hasta el final.

El problema estaba más en las causas por las que luchaba, no era que no creyera en ellas, es que en la mayoría de los casos estaba completamente en contra, y aunque me había repetido hasta la saciedad que no era mi responsabilidad, que yo no elegía los casos, hacía tiempo que aquello había dejado de ser suficiente. Del mismo modo que hacía tiempo que había dejado de creer que había un puesto en aquella empresa que, al alcanzarlo, me permitiría elegir otras causas o casos distintos a aquellos.

—No sé qué decirte, Anna… —habló él sacándome de mis pensamientos.

—Dios… lo siento —me disculpé con rapidez sintiéndome avergonzada—. Ya te he dicho que estoy muy cansada, no quería aburrirte con mis tonterías.

—No, no, no es eso —me detuvo colocando su mano sobre la mía en la mesa—. Es que… hace siglos que no nos vemos, Anna, y no sé si soy la persona más adecuada para decirte nada sobre esto, pero… si te hace tan infeliz…

—Ya… Ya lo sé —murmuré, porque era yo quien debía tomar la decisión y empezar a actuar en consecuencia—. Necesito pensar un plan B…

Y mis palabras, repletas de decisión, dibujaron una sonrisa en sus labios que no alcancé a ver perdida en mi propia cabeza.

—Eso suena más como la Anna que yo conocía.

Su voz fue apenas un susurro, mientras mi mente era más un hervidero de ideas y planes que ni si quiera lograba definir, pero vino acompañada de una ligera caricia en mi mejilla, apenas el roce de sus dedos, trayendo sin querer a mí la reminiscencia de un sentimiento que ni recordaba haber tenido.

Nos habíamos acercado poco a poco a lo largo de la noche, como si fuera algo inevitable, hasta situarnos de tal manera que casi era como si estuviéramos abrazados aún sentados en nuestros taburetes. Miré su mano sobre la mía en la mesa y luego le miré de nuevo a los ojos.

—¿Cómo…? —balbuceé.

—Tú —sonrió divertido por mi confusión—. Siempre parecías tan segura, como si todo lo que pasaba a tu alrededor no consiguiera ni rozarte. Cuando querías algo, simplemente ibas a por ello. Sin dudar.

—Quizá ese era el problema —susurré, perdida en la confusión de quien ve sus propios recuerdos desde una nueva perspectiva.

Frunció el ceño, pero no dijo nada.

—Tenía un plan y un objetivo —me expliqué, no estaba muy segura de si para él o para mí misma—, e ignoraba todo lo que estaba fuera de ahí. Todo fue estudiar, cursos, idiomas, prácticas… Siempre había algo más que podía hacer, algo que se podía mejorar. ¡Dios, aún hago eso! —me lamenté—. Primero eran los estudios, luego el trabajo… No voy de fiesta, ¡ni si quiera salgo a tomar café con amigas! Esto es lo más cercano a tener vida social fuera del trabajo que he tenido desde antes de la pandemia.

—Creo que eso le ha pasado a mucha gente… —murmuró, aunque yo apenas lo escuché perdida por completo en como la tenue caricia de su mano en la mía me hacía sentir.

—No dejo de pensar en todas las oportunidades que dejé pasar, las cosas que no hice pensando que habría tiempo más adelante, y ese tiempo ya no está ni llega nunca. Incluso… —me reí nerviosa en medio de mi diatriba antes de clavar mi mirada en la suya—. Dios… creo que me estoy dando cuenta ahora mismo de que es muy posible que me pasara todo el instituto enamoradísima de ti y ni me di cuenta. ¿Cómo pude no darme cuenta?

—No puedes decir eso.

Pude ver el gesto en su rostro transformarse por completo en un instante, y su voz fue tan seria, casi cortante, que consiguió sacarme de mis propios recuerdos de golpe. De repente, se había puesto tenso en su silla, alejándose de manera inevitable de mí. Y solo ver su reacción, me hizo consciente de lo que acababa de decir. No había pensado, todo había salido de mí sin filtro fruto de una deducción que no sabía por qué había llegado a mí de pronto. ¿Qué demonios me pasaba esta noche?

Aparté la mirada, sintiendo como mi cara enrojecía y las palabras se trababan en mis labios.

—Lo siento —susurré aun sin saber muy bien qué era lo que le había molestado tanto.

Habían pasado casi diez años, ¿en qué podía afectarle a él los sentimientos que tuviera siendo apenas una cría? Lo cierto es que ahora que lo pensaba era demasiado obvio, la forma en la que lo seguía continuamente con la mirada, como siempre era consciente de que él estaba, preocupándome siempre por él.

Sin embargo, había sido una de esas cosas que había arrinconado en algún recoveco de mi cabeza para no distraerme de mis estudios, pensando, ilusa de mí, que ya habría tiempo más adelante, que entonces no era el momento, y así, el momento nunca había llegado.

Lucas pareció darse cuenta de su propia tirantez y pude ver como cerraba los ojos con un suspiro.

—No puedes decirme eso ahora… —susurró mirándome con pena.

—¿Por qué…?

Mi voz fue apenas un hilo de voz cargado de expectación. Podía ver el porqué en sus ojos, pero necesitaba que me lo dijera. Necesitaba saber si todo lo que de pronto recordaba era real o un juego fruto del alcohol, las penas de un año horrible y lo increíblemente atractivo que me parecía en aquel momento.

—Mierda, Anna, estuve detrás de ti todo el instituto… —masculló peinando su pelo con los dedos en un gesto nervioso—. Pregunté por ti cada vez que vine de Canadá…

—No lo sabía…

—¡Lo sé! —se rio agriamente—. Eso era lo peor, ni te dabas cuenta. Creías que iba con Sara y contigo porque me obligaban mis padres y yo no sabía qué excusas buscar.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Negó con la cabeza con aquella sonrisa amarga en sus labios. Odiaba la idea de que le hubiera hecho daño con mi indiferencia. Que mi completa nulidad para ver más allá de los libros y mis responsabilidades hubieran destrozado aquella posibilidad que ni sabía que quería.

Le miré frente a mí, su mirada perdida en algún lugar más allá de la ventana con los labios apretados como si no quisiera dejar escapar las palabras que con seguridad se arremolinaban en su cabeza. ¿Cómo podía su mera aparición desordenarlo todo después de tanto tiempo?

No pensé, no quise hacerlo. Pensar ya había estropeado demasiado en el pasado y estaba harta de ello, de torturarme con lo que debía y que no debía, sin detenerme ni un instante a considerar qué era lo que quería. Me incliné hacia él y, tomando su rostro entre mis manos, atrapé sus labios con los míos.

Mi beso fue tímido al principio, apenas un roce, temiendo en parte que me rechazara y apartara. Sin embargo, tras un instante, sus labios se abrieron en un suspiro que yo aproveché para tomar su labio inferior entre los míos.

Antes de que me diera cuenta sus brazos me habían rodeado por completo, haciéndome bajar de mi taburete para acercarme más a él situándome en el hueco entre sus piernas hasta que ya no hubo espacio entre nosotros.

Mis manos se enterraron en su pelo mientras toda yo me perdía en él y en su beso. Sus labios se movían sobre los míos con pasión y yo no podía dejarlo ir, como si buscara en él un aire que no sabía ni que me faltaba.

Era solo un beso, pero no era solo un beso.

Y cuando finalmente nos separamos, apenas fuimos capaces de distanciarnos mientras nuestras miradas se encontraban confundidas la una sobre la otra. Buscábamos algo en nuestros ojos, algo que explicara qué era lo que acababa de pasar porque, al menos para mí, había sido como si todo se tambaleara a mis pies.

Seguíamos tan cerca que nuestras respiraciones aún se entremezclaban y cuando su mano presionó un poco más fuerte en la parte baja de mi espalda como si temiera que me alejara, un pequeño suspiro escapó de mí.

Aquel mínimo sonido hizo que su mirada se desviara a mis labios. Temía moverme o incluso respirar, hacer cualquier cosa que pudiera romper ese momento, hacer que desapareciera. No entendía la magia extraña que nos había unido, pero estaba allí y no quería perderla.

Sus ojos volvieron a los míos y no pude evitar preguntarme cómo no lo había visto antes, cómo había podido tener aquellos ojos frente a mí todos los días durante años y lograr apartar la mirada.

Se acercó un poco más, hasta que sus labios casi rozaban los míos mientras su mirada volvía a tornarse oscura, como si quisiera perderse de nuevo en mí. Sin embargo, cuando creía que volvería a besarme su voz me sorprendió en un susurro torturado.

—¿Por qué tienes que aparecer cuando yo he de irme…?

Traté de buscar su mirada sin saber qué responder, pero en el momento en el que abrí mis labios se apoderó de ellos de nuevo. Jugando con ellos, tentándome con su lengua y mordiendo con delicadeza mi labio inferior hasta que arrancó un pequeño gemido de mi garganta.

—Pasa la noche conmigo —pidió casi en un ruego.

Y supe que no había manera de que dijera que no. No había manera de que no pasara aquella noche con él porque la mera idea de alejarme y pasarla en cualquier otro lugar me parecía simplemente ridícula.

Asentí en un gesto casi imperceptible, pero que no escapó de su atención, y, aun así, no se alejó ni un centímetro, enterrando su rostro en mi cuello para dejar un pequeño beso en el hueco bajo mi oreja que me hizo estremecer.

Cuando finalmente la mano que sujetaba mi cintura me soltó, pude sentir el frío de donde quedó su recuerdo, mirándole mientras sacaba su cartera y dejaba un par de billetes sobre la mesa. Apenas habíamos dado unos sorbos de nuestras bebidas, perdidos como estábamos en aquella conversación y en nosotros, pero en el momento en el que tomó mi mano para sacarme de allí, poco me importó la copa o el dinero abandonado sobre la mesa. Le seguí sin dudar, subiéndome junto a él a un taxi y dejando que me guiara sin soltar mi mano ni un instante.

—No puedo creer que tengas una suite en el Four Seasons… —susurré cuando entramos en la habitación.

—No tienes ni idea de lo que es la NHL, ¿verdad? —se rio mientras cerraba la puerta a su espalda y se acercaba a lo que parecía un minibar.

—¿Sería muy horrible que te dijera que no? —pregunté apartando la mirada de la visión de la calle de Alcalá que podía ver desde la ventana para mirarle avergonzada—. Tenía que haberlo mirado en Google mientras íbamos en el taxi…

Su risa fue tan genuina que hizo que algo en mí se estremeciera.

—Creo que me gusta la idea de que no lo sepas.

Se giró hacia mí con una sonrisa ladina en sus labios y la copa que acababa de servirse entre sus manos. Estaba tan atractivo, con el pelo revuelto y la camiseta negra que marcaba sus bíceps… Me removí inquieta sobre mis pies, toda la seguridad que había mostrado en el bar parecía haber huido de mí en el momento en el que entramos en el hotel, que con su opulencia había conseguido aplacar toda la familiaridad y confianza que me había trasmitido en el bar. Me sentía intimidada de pronto, y él pareció notarlo al instante.

—No tiene por qué pasar nada, Anna —susurró con una sonrisa acercándose a mí.

—No sé por qué me he puesto tan nerviosa de pronto.

Una risita tonta escapó de mí agrandando su sonrisa. Me ofreció su copa y no pude más que cogerla entre mis manos y tomar un largo trago antes de devolvérsela, esperando que el whisky me diera valor al deslizarse por mi garganta. Él se lo terminó de un trago y dejó el vaso abandonado en una mesa baja, todo ello sin apartar ni un segundo sus ojos de los míos. Me sentía atrapada en él y su mirada, como si una fuerza imposible nos uniera y no me permitiera ni parpadear.

Lucas alzó su mano con delicadeza y dejó una tenue caricia en mi mejilla, apartando el pelo de mi rostro antes de inclinarse para atrapar mis labios en un beso tierno.

—No termino de creer que estés aquí… —susurró contra mis labios.

Y por alguna razón aquellas palabras despertaron algo en mí. Si solo teníamos aquella noche, que fuera una noche que recordáramos siempre. Alcé mis brazos para entrelazarlos tras su cuello y me lancé a sus labios como si fueran el aire que necesitaba para respirar, en un beso repleto de pasión con el que trataba de trasmitirle que no había nada que quisiera más que aquello.

El ligero juego de mis dientes al atrapar su labio inferior consiguió arrancar un pequeño gruñido de su garganta a la vez que sus manos se colaron bajo mi blusa para acariciar mi espalda con devoción, y el tacto de sus manos por fin sobre mi piel consiguió encender algo en nosotros.

Me desprendí de mi blusa en un instante, necesitando sentir sus manos sobre mi piel, a la vez que él se quitaba su camiseta con apenas un movimiento. Al verlo frente a mí, con su torso desnudo, casi me quedé sin respiración. No lo pude evitar, tuve que acercarme y tocarlo casi con devoción. Sin embargo, apenas tuve un instante para admirarlo antes de que volviera a abordar mi boca, haciéndome retroceder hasta que mi espalda se encontró con la pared.

Sus manos estaban por todas partes, tocándome, acariciándome, como si no quisiera dejar ni un centímetro de mí sin explorar, y aunque el tacto de su pecho y sus abdominales se sentía como cielo en mis manos, necesitaba sentirlo más cerca. Necesitaba sentirlo a él.

Llevé las manos a la cremallera de mi falda y la solté, dejando que se deslizara por mis piernas hasta el suelo, antes de hacer lo propio con sus pantalones. Seguíamos perdidos en nuestro beso, mientras su mano descendía por mi cintura y mis caderas hasta alcanzar mi muslo y sujetarlo contra él, alzándolo ligeramente hacia su cadera en un intento de estar más cerca de mí.

No lo dudé ni un instante, rodeé de nuevo su cuello con mis brazos y con un pequeño impulso entrelacé mis piernas en torno a sus caderas. Jadeé, disfrutando de la manera en la que me cogió casi sin esfuerzo presionándome de nuevo contra la pared mientras me apretaba sin remedio contra él.

Sus labios habían soltado los míos y habían comenzado a descender por mi cuello deteniéndose en el pequeño hueco que había un poco más arriba de mi clavícula y que me hizo gemir sin control. Podía sentir la expectación, aquel manojo de nervios que pulsaba en mi vientre, deseando poder explotar y, a la vez, que aquello se extendiera por siempre.

—Voy a hacerte daño con los tacones —susurré distraída, mi voz rota, consumida por el momento.

—Me importa una mierda.

Lo dijo con una ferocidad, sin apartar sus labios de mi cuello, con una de sus manos sujetándome y la otra perdida en mi piel, que no pude más que suspirar de placer. Estaba tan perdida en él, en sus labios, sus caricias que ni si quiera me percaté de que me había separado de la pared hasta que ambos caímos sobre la cama.

Reí extasiada, mis manos deslizándose por su espalda mientras sus labios descendían por mi cuello hasta mi pecho, deshaciéndose de mi sujetador con apenas un movimiento.

—Algo debo estar haciendo mal si te ríes —murmuró divertido incorporándose un poco para mirarme a los ojos.

—O muy bien… —susurré.

Y lo cierto es que, atrapada como estaba por su mirada, no pude evitar pensar que era un poco extraño, aquella confianza instantánea, aquella necesidad que pulsaba desde mi interior. No importaba nada más, solo él y yo, en una noche que casi parecía un sueño que olvidaríamos al despertar o que se quedaría impregnado por siempre en nuestra piel.

Sus manos empezaron a descender por mi cintura hasta mis caderas, con sus ojos aún fijos en los míos como si una fuerza insólita los hubiera atado sin remedio, ni si quiera cuando alcanzaron la única prenda que aún me cubría y empezó a deslizarla por mis piernas se desviaron.

Un jadeo de anticipación escapó de mis labios, haciendo que una pequeña sonrisa creciera en los suyos mientras me desprendía de aquella última prenda y se incorporaba para quitarse lo que a él aún le restaba, regalándome una visión espléndida de todo él mientras se deslizaba en un preservativo. Parecía salido de una revista y yo, no pude evitar pensar que, si aquello era el resultado del deporte profesional, estaba dispuesta a volverme la mayor fan.

—Creo que vamos a dejar los tacones un poco más —susurró cuando volvió a situarse sobre mí despertándome de la pequeña ensoñación que me produjo su visión.

—Puede que mañana te arrepientas —le respondí divertida a la vez que envolvía mis piernas a su alrededor para acercarlo más a mí sin poder contener el gemido que escapó de mí cuando se presionó justo entre mis piernas.

—No hay nada de esta noche de lo que me pueda arrepentir —habló de pronto serio buscando mi mirada.

Sin embargo, yo no estaba lista para aquella intensidad. Atraje su rostro al mío y atrapé sus labios en un beso desbordado de sentimientos, moviéndome contra él hasta que pude sentir como se situaba en mi entrada.

Se adentró en mí despacio, a pequeñas estocadas hasta que pude acogerle por completo. Entonces, se detuvo, dejándonos a ambos disfrutar de aquella sensación de plenitud que no creía haber llegado a sentir nunca. Podía oír su respiración junto a mi oído, donde su rostro se había enterrado y dejé un pequeño beso en su cuello, mientras mis manos acariciaban su espalda en un intento de abarcarlo por completo, aguardando.

Apenas un instante después comenzó a moverse en un ritmo candente que nos absorbió por completo y no dejó espacio en mí para nada más que las sensaciones que me estremecían. Susurraba algo junto a mi oído, algo que fui incapaz de discernir abrumada como estaba por todo lo que me hacía sentir.

Entonces, se alzó sobre uno de sus brazos, atrapando de nuevo mis labios en un beso feroz mientras su otra mano se colaba entre nosotros para acariciarme justo en mi centro y mis uñas se clavaban en su espalda sin poder evitarlo. El ritmo de sus acometidas, junto la caricia suave pero precisa de sus dedos me llevo ante el abismo en apenas un instante.

—Déjate ir, solo déjate ir —susurró sobre mis labios.

Y caímos juntos, en un pequeño grito acallado por nuestros besos, disfrutando de ese pequeño instante de ingravidez que nos hizo sentir en lo más alto, que nos separó de nuestra propia piel y nos hizo ser poco más que un cúmulo de sensaciones.

No fue fácil volver, momentos después aún sentía que me faltaba el aire y que mi cuerpo no era más que un despojo incapaz de moverse. No quería soltarle, lo tenía retenido, con mis piernas entrelazadas a su cintura y mis manos presionando en lo alto de su espalda, disfrutando de su peso sobre mí.

Lo oí suspirar en mi cuello, como si él tampoco quisiera acabar con ese instante, antes de dejar un pequeño beso y alzarse para buscar mi mirada. Ninguno dijo nada, no había nada que yo pudiera decir. ¿Qué acababa de pasar? Mi mente era un hervidero de pensamientos que ni si quiera yo era capaz de entender, anhelos que sabía imposibles y sentimientos que amenazaban con sobrepasarme.

—Aún no es por la mañana… —susurró Lucas con delicadeza en un mensaje que entendí a la perfección.

Al día siguiente se volvería a Estados Unidos para comenzar los entrenamientos de pretemporada y yo tendría que volver a mi trabajo y a mi rutina como si nada hubiera pasado, aunque todo parecía haber cambiado de alguna manera. Solo teníamos aquella noche, unas horas más antes del amanecer, y no iba a dejar que nada las ensombreciera.

Sentí el vacío en el momento en el que se alejó de mí y suspiré cuando se adentró en el baño, aguardando mi turno. A mi vuelta, lo encontré sentado en el borde de la cama perdido en sus pensamientos con los codos apoyados sobre las rodillas y los ojos fijos en sus manos. Su mirada se alzó en el momento que volví a la habitación encontrándose con la mía. No hicieron falta palabras, me acerqué y me senté sobre él, cada una de mis piernas apoyadas junto a su cadera, atrapando sus labios con los míos e iniciando todo de nuevo sin querer pensar en cuándo llegaría el final.

Desperté horas después, cuando el sol apenas empezaba a dejarse ver. Me había quedado dormida abrazada a su pecho hacía menos de un par de horas, pero de alguna manera mi cuerpo había sabido que era la hora de marcharse.

Le miré aún durmiendo, con el pelo revuelto y su boca ligeramente entreabierta en un gesto que me hizo sonreír con ternura. No quise despertarlo, si lo hacía quizá me sintiera tentada a quedarme allí, a pedirle que no se fuera o esperar que el me pidiera que me fuera con él. Una locura que se hacía cada vez más evidente mientras el sol despuntaba. Y, aun así, no pude evitar dejar un pequeño beso en sus labios antes de levantarme.

Me vestí en silencio y escribí una pequeña nota que dejé frente a él en la almohada. Esperaba de verdad que entendiera por qué me iba y por qué lo hacía así. Del mismo modo que esperaba que él no sintiera el mismo desasosiego que parecía haberme dominado a mí en la mañana después.

El ruido y el ajetreo de la oficina aquella mañana me pareció más ajeno que nunca cuando llegué. Sabía que debía ordenar y trabajar en todo el papeleo del caso en el que trabajábamos antes de archivarlo por si hubiera cualquier apelación, pero mi mente estaba muy lejos de allí.

Decidir que debía buscar un plan B podría haberme llevado meses, pero encontrarlo apenas me llevó unas horas. Supe lo que me apetecía hacer en mismo instante en el que me planteé hacer algo distinto, como si en mi mente aquella idea solo hubiera estado aguardando a que tuviera el valor de hacerla.

No me llevó mucho encontrar la información que necesitaba, y saber que tenía el tiempo justo para lograrlo, fue quizá el último empujón que necesitaba. Justo cuando Lucas debía estar embarcando en un avión para irse al otro lado del Atlántico, yo entraba en el despacho de mi jefa para pedirle una carta de recomendación para cursar unos estudios que ambas sabíamos que no me permitirían trabajar allí a jornada completa. Una conversación complicada en la que, por suerte para mí, acabó ganando la comprensión.

Cuando finalmente dejé su despacho y cerré la puerta a mi espalda fue como si un enorme peso hubiera desaparecido de mis hombros, como si una presión que ni sabía que sentía se liberara de mi pecho. Poco parecía importarme la incertidumbre frente a mí, ni la llamada que sabía que debía hacer a mis padres para contarles todo aquello.

Pensé en la nota que había escrito aquella misma mañana, en todo lo que había tratado de expresar en apenas unas líneas, esperando que la encontrara sobre la almohada al despertar. ¿Cómo puede una sola noche trastocar tu mundo así? ¿Cómo puede una casualidad resultar tan esencial?

Podría escribirte que he tenido que irme para llegar a tiempo a la oficina, pero lo cierto es que no he podido quedarme a despedirme porque siento que, si lo hago, no querré irme jamás.
Gracias por recordarme quién era y, sobre todo, quién quiero ser.
Siempre fuiste especial, siento haber tardado tanto en darme cuenta.
Ojalá todos tus sueños se cumplan.

Anna

3 respuestas a “El reencuentro”

  1. Avatar de Poesias y Sentimientos

    Escribes muy bien y mucho…pero solo en un pensamiento,algo de amor y una copa hay te basas en fomentar un articulo tan enorme de abogada si lo eres.
    Te felicito tienes una cabeza muy despierta en tu tema.
    24-11-22-

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