
A través del desierto
No es oro todo lo que reluce,
ni toda la gente errante anda perdida.
J. R. Tolkien
Prólogo
Tengo este sueño desde que era pequeña.
De pronto despierto en medio de un desierto. Sé que estoy ahí porque noto la arena bajo los pies y una suave brisa me acaricia los brazos, pero hay tanta luz que no puedo ver nada. No tengo frío ni calor. En realidad, no siento más que una extraña serenidad, pues todo parece tranquilo a mi alrededor. Demasiado tranquilo.
Es entonces cuando lo percibo, un silencio tan abrumador que me corta la respiración. Ni siquiera los latidos de mi corazón son capaces de hacerse oír. Así que trato de gritar y gritar mientras vago perdida por el desierto, hasta que la garganta me duele a rabiar, aunque ningún sonido salga de mis labios.
Y, cuando creo que no puedo más, todo el escenario cambia. Me encuentro entonces en una calle, una que es distinta en cada sueño, pero que siempre es conocida, y, a mi alrededor, mucha gente apresurada. Gente que pasa por mi lado, que choca conmigo, siguiendo su camino como si ni siquiera me viera. Y reconozco algunas de sus caras, aunque ellos no me reconozcan a mí. Da igual cuánto me esfuerce.
Es un desierto distinto, pero un desierto igual, en el que sigo gritando con todas mis fuerzas, aunque nadie parezca escucharme.
Capítulo 1
Era una noche espantosa. Una noche en la que el viento y la lluvia parecían haberse aliado para hacer de cualquier movimiento algo incómodo y desagradable y, sin embargo, todos estaban allí. Desde la ventana de una de las suites del hotel los veía llegar en sus elegantes coches, con sus vestidos y trajes de diseño.
No estaba muy segura de qué se celebraba aquella noche en el hotel, quizá alguna de las tantas galas benéficas de mi madre. Poco importaba la razón; cuando un Domèc hacía un llamamiento, todos acudían. En especial, yo.
Así que ahí estaba, con un vestido largo y vaporoso en azul pastel a juego con mis ojos y el pelo suelto en ondas suaves, perfectamente arreglada para una gran fiesta y escondida en una fría habitación.
Había llegado desde Granada hacía algo más de dos semanas, tras aquel horrible funeral en el que me había reencontrado con las chicas de nuevo, y me había encerrado allí, posponiendo cada vez más el momento de salir.
Recordé entonces el papel que sujetaba entre las manos, aquella carta ya maltrecha que no había podido evitar releer de nuevo. Lo que Emma pretendía que fuera una explicación reconfortante se había convertido en una revelación hiriente, cuyas palabras se me clavaban como puñales.
Aún no entendía cómo había podido perdonarme, dejarlo pasar como si nada cuando yo me sentía tan incapaz, pero lo había hecho de alguna manera y, aunque quería parar de pensar en ello, con frecuencia me descubría rumiando el tema una y otra vez. Una especie de tortura autoimpuesta que no sabía cómo detener y que siempre terminaba conmigo jugando nerviosa con el antiguo relicario que colgaba de mi cuello, tal y como estaba haciendo en ese instante.
Suspiré antes de mirar aquel regalo de mi abuela, heredado a la vez de su madre, que se había convertido en un amuleto para mí. No podía llevarlo puesto esta noche, por mucho que fuera a extrañarlo; no solo no combinaba con el vestido, sino que, además, era bastante consciente de lo poco que le gustaba a mi padre verlo, quizá porque nunca había terminado de entenderse con su madre.
El sonido de unos golpes me distrajo por un segundo de mis pensamientos, trayéndome de vuelta a la penumbra de la habitación, antes de que una voz hablara a través de la puerta.
—Señorita Domèc, su padre pregunta por usted.
—Gracias, díganle que bajaré enseguida.
Esperé hasta que oí los pasos alejándose por el pasillo antes de moverme y acercarme al tocador. Guardé la carta en su sobre y me retoqué el maquillaje frente al espejo, aunque apenas hiciera un momento que había terminado de aplicarlo. Si bien sonaba vanidoso, sabía que aquella belleza clásica y elegante que mi padre tanto adoraba era una de las principales razones por la que le gustaba que estuviera siempre presente en las fotos. El pelo rubio y los ojos azules, con rasgos afilados y una complexión delgada, hacían de mí un cliché que ahora parecía burlarse desde el reflejo.
Sin embargo, la visión de la cajita de joyería sobre el tocador me hizo recordar que aquella no era una noche para dejarme atormentar por mis pensamientos. Tomé el estuche de terciopelo y lo abrí una vez más para ver el anillo de compromiso que guardaba en su interior. Era una pieza delicada hecha de platino y con un enorme y solitario diamante de corte princesa. Un anillo que debía conmover a su portadora, pero que a mí, en cambio, me había dejado completamente fría.
Lo había recibido hacía cosa de unos días, de las manos de un mensajero y con apenas una escueta nota donde me pedía que lo llevara esta noche. Sin duda, la propuesta romántica que toda chica espera. Y, sin embargo, ni siquiera había tenido las fuerzas para enfadarme con Marc por enviármelo así después de denegar cualquier invitación para reunirse y hablar conmigo aquellas semanas. Supongo que era su manera de vengarse por haber desaparecido durante un par de meses.
Cerré la cajita de nuevo, la guardé en mi bolso de mano y me contemplé en el espejo una vez más, quitándome el relicario para dejarlo en el joyero. Estaba cansada, incluso aunque había pasado los últimos días dormitando allí encerrada, y no podía evitar que se me notara en el gesto. Sin embargo, había llegado el momento de salir, así que respiré hondo y forcé una dulce sonrisa en mis labios antes de abandonar la habitación con decisión.
Un hálito de fuerza que flaqueó una vez alcancé los márgenes del gran salón de baile, cuando mi mirada quedó atrapada de manera irremediable por mis padres, que brillaban justo en el centro de la habitación, con esa aura de sofisticación y esplendor que tanto los caracterizaba. Aunque aquella posición podría parecer casual, yo sabía que era algo completamente estudiado. Les gustaba estar ahí, ser el eje de cada reunión, con los focos sobre ellos mientras eran los invitados los que se acercaban a hablar y solicitar su atención.
Ir hasta ellos fue como un baile, en el que saludé y sonreí a todos a mi paso. Sabía cada nombre y conocía cada cara, en parte porque era la misma gente de siempre. Y, a pesar de que era ya algo casi rutinario, para el momento en el que llegué junto a mis padres me sentía exhausta.
—¡Oh, cariño! Estás preciosa —me saludó mi madre con un abrazo.
—Hola, mamá…, papá —le nombré mientras le dejaba un beso en la mejilla.
—¿Y Marc? —preguntó mi padre, cogiendo una copa de vino blanco de la bandeja para mi madre.
—Trabajando, supongo; no lo he visto —le contesté como si nada.
—No debe tardar mucho… —murmuró por lo bajo con la mirada fija en algún punto de la sala, antes de posar la mano en la espalda de su esposa—. Disculpadme, he de hablar con Carlos de un asunto.
Mi madre asintió con una sonrisa que se mantuvo intacta en sus labios conforme lo seguía con la mirada, hasta que se reunió con unos socios a escasos metros. Luego se giró hacia mí, aún con ese brillo en los ojos que solía tener al observar a mi padre, y su sonrisa se transformó en aquella que me dirigía cuando algo no le terminaba de gustar.
—¿Va todo bien, cariño?
—Claro que sí, mamá —le sonreí.
La vi inclinar la cabeza y alzar las cejas, lanzándome una mirada que solo ella conseguía poner, pero decidió ignorar mi mentira ofreciéndome el brazo para pasear por la habitación en dirección a la terraza.
—¿Cómo están las chicas? ¿Iris?
Saludaba a la gente con una sonrisa y una escueta inclinación de cabeza conforme pasábamos a su lado, un gesto educado que dejaba claro que no era el momento de acercarse.
—Bueno, Iris regular…
—Debe ser difícil perder a alguien así, pero sois afortunadas por teneros las unas a las otras —murmuró al tiempo que me daba un ligero apretón cariñoso en la mano.
—Va a quedarse con Emma una temporada, en la casita que ha alquilado en Inglaterra, no sé si te lo conté…
—Algo me has contado. Sin duda, Emma sabrá comprenderla ahora… —comentó antes de lanzarme una mirada de reojo—. Pero nada de eso me dice cómo estás tú.
—Ya te he dicho que bien… —farfullé con cierto cansancio.
—Daniela, si tu hija, siempre responsable y prudente, se va un día sin avisar, dejando su trabajo y a su familia con apenas un mensaje, te preocupas.
—Mamá…
—Daniela… —imitó mi tono.
Noté el reproche en su voz, si bien no cambió el gesto, obligándome a forzar mi sonrisa un poco más. Mi madre era inteligente, lo suficiente como para saber que no había mejor lugar para enfrentarme que aquel, donde no huiría ni perdería las formas.
—Solo quiero que estés bien, cariño —musitó al detenernos frente a las puertas francesas que daban a la terraza—. La gente suele mirarnos con más atención que a los demás, tenemos responsabilidades y debemos intentar mostrar siempre nuestra mejor versión.
Me quedé en silencio mientras mi mirada se perdía en el exterior. La tormenta seguía fuera como una antítesis casi perfecta de aquel salón, aunque la música del evento y el aislamiento de las ventanas consiguiera acallar en gran medida el sonido de la lluvia y el viento. Allí donde la fiesta transmitía luz, orden y calor, los jardines componían un caos oscuro y frío. Y, sin embargo, por alguna razón, aquella negrura me parecía ahora mismo mucho más atractiva que toda la luminosidad del salón, una luminosidad que me constreñía como si de un apretado corsé se tratara hasta dejarme poco a poco sin respiración.
Miré al exterior con anhelo, pensando en qué pasaría si simplemente salía y echaba a correr. Emma lo habría hecho sin dudar, se habría dejado llevar sin importarle la lluvia ni el frío. Yo, por el contrario, me quedé allí y le dediqué una nueva sonrisa forzada a mi madre.
—Lo sé, mamá. —La abracé, queriendo huir de aquella conversación—. Te quiero.
—Oh, cariño, y yo a ti.
Por encima de su hombro, aún entre sus brazos, vi a Marc a lo lejos junto a mi padre y algunos hombres más. No pude evitar notar que llevaba aquel traje gris marengo de Gucci que yo misma le había regalado hacía tiempo y que tanto me gustaba y, aunque fuera una tontería, odié que lo hubiera elegido esta noche.
Vi cómo le entregaban una copa y que apenas se detenía un instante a agradecer al camarero antes de volverse hacia sus acompañantes de nuevo. Lo más seguro es que estuvieran hablando de algún tema de actualidad, algo relacionado con los negocios o, en el peor de los casos, sobre política.
Sin embargo, lo único en lo que podía pensar al verlo allí era que no se parecía en nada al chico divertido y humilde que había conocido en la universidad y que había sido mi mejor amigo durante los últimos años. Y aquello fue, quizá, lo que más me hizo reafirmarme en mi decisión.
—Mamá —dije mientras me separaba de ella—, tengo que ir a hablar con Marc un momento.
—Recuerda que mañana toca desayuno familiar —se despidió con cierta indulgencia al tiempo que se volvía para contemplar la sala.
Asentí antes de alejarme y me acerqué con decisión hasta situarme justo entre mi padre y Marc, colocando mi mano sobre el brazo de este último y mirando a los demás con una enorme sonrisa. Los conocía prácticamente a todos, pues formaban parte de la junta de la empresa, así que los saludé con un gesto, consciente de que mi aparición había conseguido silenciarlos por completo.
—Caballeros, van a tener que disculparme, pero he de robarles a Marc un momento.
—Preciosa, puedes robarme a mí si quieres —bromeó uno de ellos, haciendo que todos rieran a mi alrededor mientras yo me esforzaba por no perder la compostura.
—¿Qué puedo decir? Me reclaman —les siguió Marc el juego antes de girarse.
—No tardes, aún tenemos que hablar del otro asunto —le interpeló mi padre antes de que entrelazara mi brazo con el de Marc y empezáramos a alejarnos hacia uno de los márgenes.
Me hubiera gustado salir del gran salón para mantener aquella conversación, sin embargo, Marc nos detuvo cuando alcanzamos uno de los grandes ventanales que conducían a la terraza cerca de una de las salidas del servicio. Así que me situé frente a él y me alegré de que mis zapatos altos nos hicieran quedar casi a la misma altura.
—¿A qué asunto se refería mi padre?
—Nada, un tema de la empresa —desestimó el tema—. ¿De qué querías hablar?
Por un momento, no pude más que mirarlo con cierta sorpresa. Estaba allí, frente a mí, con su pelo rubio peinado a la perfección y una sonrisa educada, como si nada pasara o no fuera más que una conocida cualquiera.
—Marc… llevo toda la semana intentando reunirme contigo —musité acercándome a él para que nadie nos escuchara, a la vez que trataba de contener los nervios.
—Ya sabes que hay mucho trabajo, y sabía que nos íbamos a ver aquí igualmente.
—Llevas más de un mes llamándome sin parar porque querías hablar y ahora, de pronto…
—Quería que volvieras a casa y ya estás en casa —me interrumpió con cierta severidad antes de recobrar con rapidez la compostura.
Su reacción me pareció tan irreal que no supe qué decir. Me había preparado para mil discusiones distintas y, sin embargo, allí estábamos, como si habláramos del tiempo en medio de un viaje cualquiera de ascensor.
—Vendrás esta noche ya al apartamento, ¿no? —siguió ante mi silencio, su atención ya perdida en algún punto tras de mí.
—Marc… —murmuré, insegura de cómo contestar.
—Tu padre me reclama, ¿te parece si seguimos hablando luego?
—Marc. —Le detuve cogiéndole el brazo cuando empezó a alejarse y me acerqué de nuevo para que solo me escuchara él—. No voy a ir al apartamento esta noche.
—Bueno, se hará tarde, ven mañana más tranquila, después del desayuno con tus padres.
—Marc —le volví a llamar al tiempo que abría el bolso para sacar la caja de terciopelo y ponerla en su mano cubriéndola con la mía—. Mi respuesta es no, lo siento mucho.
Su sonrisa vaciló un segundo, apenas un destello que temí haberme imaginado, antes de que volviera a extenderse confiada en sus labios. Dejó la copa en la bandeja de uno de los camareros que pasaba por ahí en un movimiento demasiado ligero y tranquilo para la situación que se estaba produciendo entre nosotros y colocó la mano sobre la mía, atrapándola entre las suyas con aquella cajita de terciopelo presionada contra mi palma.
—Es tuyo y es mejor que lo guardes tú.
—Marc.
—Tengo que ir a hablar con tu padre; no te preocupes por este tema ahora, se resolverá pronto. —Y tras darme un beso en la mejilla se alejó.
Ni siquiera fui capaz de pronunciar su nombre de nuevo mientras lo veía alejarse como si nada hubiera pasado, como si mis palabras ni le hubiesen rozado. Me removí nerviosa en mi lugar, forzando una sonrisa para todo aquel que estuviera mirando. La apariencia lo era todo allí y, si no quería ser el tema de conversación de la sociedad para la próxima semana, debía empezar a comportarme con más normalidad, aunque los nervios me revolvieran por dentro.
Dediqué las siguientes horas a mezclarme entre la gente, saludando a todo el mundo, poniéndome al día con viejos conocidos que hacía meses que no veía y hablando sobre banalidades. Sin embargo, no dejaba de comprobar el reloj, esperando que llegara el momento en el que pudiera huir de toda aquella frivolidad con alguna excusa, mientras eran más los platos del cóctel que se servían como cena lo que atrapaba mi atención que las conversaciones que sucedían junto a mí.
No podía evitar mirar de reojo de vez en cuando al lugar donde mi padre hablaba con muchos de los socios de la empresa. En aquel punto de la noche, estas ya habían comenzado a derivar a asuntos de negocios, como las nuevas estrategias financieras o el desempeño de la temporada veraniega, como si el tiempo de fingir que aquello no era más que otra forma de sinergia corporativa se hubiera acabado.
Mi familia era la dueña de una de las cadenas hoteleras más importantes del país; poseíamos hoteles en cuatro continentes, además de participaciones en otras muchas empresas de temas relacionados.
Siempre había sabido que mi familia era importante y cómo debía actuar en consecuencia. No había duda de que mi apellido, aun con todas sus responsabilidades, me había abierto multitud de puertas, seguramente más de las que me merecía. Sin embargo, jamás había sido del todo bienvenida en ese círculo que componía la alta cúpula empresarial, y ahora, viendo cómo integraban a Marc, sospechaba que no era por una cuestión de edad.
—¿Daniela Domèc?
Por primera vez en toda la noche me encontré frente a un rostro desconocido.
—Creo que no nos conocemos —siguió antes de extender la mano frente a mí—. Soy Elena Ferreira, colaboro con tu madre en muchas de sus labores humanitarias.
Acepté su gesto con una sonrisa; su nombre sí me era familiar, aunque nunca le hubiera puesto cara. Había sido modesta al presentarse: no era solo una de esas amigas ricas de mi madre con la que participaba en sus labores filantrópicas, sino la directora de una importante ONG con presencia en varios continentes y con la que nuestra propia empresa había colaborado en más de una ocasión.
—Encantada, es un placer ponerle un rostro a tu nombre.
—Lo mismo digo —sonrió antes de tomar un sorbo de su copa de champán—. Tu madre siempre habla maravillas de ti, y tu trabajo en la campaña sobre los refugiados me impresionó.
Se había movido ligeramente al hablar para colocarse a mi lado, de tal manera que ambas veíamos el gran salón desde nuestro lugar. Era algo inconsciente que siempre hacía; al contrario que mis padres, que tendían al lugar central, yo buscaba los límites, aquellos márgenes que me permitieran observarlo todo sin dejar de pertenecer.
—Fue una apuesta algo imprudente por mi parte —comenté con una mueca al recordar lo poco que había gustado aquella campaña a la junta.
Cuando me di cuenta, recompuse mi gesto con rapidez y miré a mi alrededor, pero el grupo con el que hablaba instantes antes ya se había dispersado y ahora solo estábamos nosotras dos.
—Yo diría más bien arriesgada… o valiente. No muchas empresas se están posicionando en este aspecto.
—El compromiso social puede ser un poco polémico, pero también magnifica la identidad de marca y fortalece la relación con los clientes.
Elena soltó una pequeña carcajada.
—Tienes todo el discurso preparado, ¿tuviste que enfrentarte a la junta al completo?
Suspiré, dándome cuenta de que los nervios habían hecho que me pusiera algo a la defensiva, y la miré con una sonrisa avergonzada.
—Disculpa…
—Fue una buena campaña, sutil pero conmovedora —insistió con una expresión divertida.
—Gracias…
Mi atención se desvió un instante al ver a mis padres hablando junto al escenario, preparándose para subir a dar su habitual discurso de agradecimiento a los asistentes y para explicar la razón —o excusa— que había detrás de la realización de aquella fiesta.
—Lo cierto es que disfruté con esa campaña; cuando tienes que hacer marketing corporativo, los mensajes a veces pueden resultar algo vacíos y repetitivos —hablé de nuevo cuando el silencio pareció demasiado largo.
—¿Y no has pensado dedicarte a otra cosa?
—Bueno… —Me distraje al notar como Marc también se acercaba a mis padres.
—Resulta que estoy buscando a alguien nuevo, alguien que tenga cosas que decir y la manera correcta para transmitir su mensaje. —Su voz se volvió lejana cuando mi padre le dio un apretón de manos a Marc justo antes de subir al escenario—. He estado siguiendo tu trabajo y he notado que, desde que te hiciste cargo del equipo de marketing y comunicación de la empresa familiar, las campañas se han vuelto mucho más potentes a nivel visual. Creo que tienes un gran ojo y, sin duda, un gran talento.
Aparté entonces la mirada del escenario, justo cuando mi madre comenzaba a hablar hacia el público, y la fijé en mi acompañante, confundida.
—No sé si te estoy entendiendo…
—Te estoy ofreciendo un trabajo, Daniela —declaró al tiempo que me extendía su tarjeta, que acepté casi de manera inconsciente—. Tengo la sensación de que te vendría bien un cambio de aires. Estaré el próximo par de semanas en la sede de Londres, pero seguramente vuelva a Madrid para finales de mes; podríamos vernos y hablar.
Elena guardó silencio, atendiendo a las palabras que mi madre pronunciaba desde el escenario, mientras yo no podía hacer mucho más que mirar sorprendida la tarjeta en mis manos. Sin duda, había sido un movimiento agresivo, aunque no dejaba de parecerme sospechoso el momento en sí.
Sabía que el tono de mis campañas había adquirido cierto carisma social que no había terminado de gustar a los socios, pero no esperaba un movimiento tan evidente por parte de mis padres para alejarme de la compañía. No es que aspirara ya a que me invitaran a unirme a la junta directiva; la verdad es que había comenzado a aceptar que siempre me relegarían a un segundo plano. Sin embargo, nunca creí que me apartarían por completo.
Sacudí ligeramente la cabeza, indignada por mi propio pensamiento. ¿Por qué no iba nadie a interesarse lo suficiente por mi trabajo como para ofrecerme un empleo? Mis campañas eran buenas, los números habían mejorado desde que me encargaba de ellas y las encuestas indicaban que la percepción de los consumidores sobre nosotros era cada vez más positiva. Y, aun así, por alguna razón, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que lo estuviera haciendo todo mal.
En el escenario, frente a nosotras, vi que mi padre tomaba la palabra, hablando del desempeño de la empresa y el compromiso de esta con la comunidad. Un discurso manido que empezaba a parecerme desgastado e incluso hipócrita.
—Hoy, sin embargo, es también un día muy emotivo para mí —dijo con fuerza desde el escenario—. Me acaban de dar una gran noticia, y es que mi hija, Daniela, se ha comprometido con el que ya es como un hijo para mí, aquel que heredará todo mi trabajo y que sé que cuidará de ella cuando yo ya no esté. Marc, bienvenido a la familia. —Alzó la copa en su dirección antes de volverse de nuevo hacia el público—. Un fuerte aplauso para la feliz pareja.
Elena, a mi lado, me felicitó, pero era incapaz de apartar la mirada de Marc mientras le veía estrechar la mano de mi padre con una sonrisa orgullosa al descender a los pies del escenario. Luego se giró, aceptando las felicitaciones que no se hicieron esperar.
Mi mano cogió por instinto una copa de champán de las bandejas que los camareros paseaban de un lado para otro y me la tomé de un trago, esperando que aquel líquido burbujeante me diera algo de ánimo. Aquella debía de ser su manera de «resolverlo todo», ¿y qué podía hacer yo ahora más que sonreír y aceptar todas las felicitaciones?
Le miré de nuevo a través del salón, en una distancia que pareció convertirse en un abismo, justo en el instante en que mi padre se situaba a su lado y le palmeaba la espalda. Se veían tan orgullosos y felices que mi reacción contenida se volvía aún más grotesca en comparación. Solo quería gritar, detener todo como si de una pesadilla se tratara.
Pero aquello parecía imposible, y al verlos allí, en una perfecta representación de los papeles de padre e hijo, fue como si una venda cayera de mis ojos. Aquel era el sucesor que mi padre había elegido para su imperio; carismático, audaz y, sin duda, capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos… Casi una antítesis perfecta de mí.
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